Visita al Coliseum.

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<<< Me había costado mucho hacerme con una entrada para el evento más importante que se iba a celebrar en Roma desde su fundación; yo, que era un humilde trabajador del metal, profesión que había heredado de mis antepasados -inmigrantes lusitanos-, tuve que regalar determinados quehaceres de herrería y orfebrería a algunos patricios y miembros de la nobleza para conseguir una tablilla que me diera acceso a la inauguración del impresionante anfiteatro.

Éramos, desde hacía centenares de años, la capital del mundo, el núcleo urbano eminente y cosmopolita donde se decidía el destino de las provincias del Imperio, desde Gallaecia hasta Mesopotamia y desde Egipto a Britania; otras importantes urbes (Emérita Augusta, Tarraco, Burdigalia, Durocortorum, Siracusa, Sirmium, Alejandría, Cartago…) también disponían de excelentes circos, termas y teatros, pero nada comparable al recién construido Amphitheatrum Flavium: el monumental inmueble edificado en el centro de la ciudad -hubo que demoler el trasnochado anfiteatro levantado casi cien años antes- por orden del gran Emperador Tito Flavio Vespasiano.
Apenas tenía yo un lustro, año 71, cuando empezaron las obras del Coliseum, así llamado vulgarmente porque a corta distancia se encontraba la “colosal” estatua del Emperador Nerón. Mi familia, gracias al alcance de la cimentación, siempre tenía la fragua en marcha y el resultado eran algunos denarios que nos proporcionaban cierto desahogo económico; esto le permitió a mi padre pagarme un Grammaticus y así compaginar materias básicas de historia, geografía, matemáticas y filosofía con el aprendizaje de la profesión familiar.

Y ahí estaba yo, a punto de cumplir quince años, acomodado en la octava fila de la tercera grada del flamante anfiteatro; me sentía afortunado, cuanto más baja era la condición social más arriba te sentabas. Había cuatro gradas y veinte hileras de asientos en cada una.
El estreno fue un tibio y soleado día del mes de marzo del año 81; era poco después del mediodía y las gradas del estadio estaban a rebosar, más de cincuenta mil jubilosas almas vociferando todo tipo de consignas, algunas graciosas, otras reivindicativas y otras obscenas; la algarabía era impresionante.
En el banco inferior había un hombre moreno, atocinado, con una prominente papada y lleno de abalorios, era tal su complexión que casi ocupaba dos asientos; advertí, por sus ropajes y sus sortijas, que debía ser un mercader o, tal vez, un tratante de esclavos de poca monta llegado de provincias; estaba flanqueado por un par de hermosas damas que por sus coqueteos y su conducta detecté que no eran ni su esposa ni sus hijas, eran otra cosa. En mi fila, y en las ringleras de atrás, había un nutrido de alborotados jóvenes veinteañeros que no paraban de chillar y pimplar vino de unos pellejos. Uno de los muchachos, hispano como yo, me dijo que eran legionarios destinados en la ribera del Danubio dilapidando la soldada en unos merecidos días de permiso en Roma; también ellos estaban acompañados por tres o cuatro voluptuosas profesionales del sexo. El paisano militar me ofreció el odre e ingerí un generoso trago de vino con el que, aunque agrio y avinagrado, experimenté una ardorosa euforia; cuando cumpla los 16, pensé, me alistaré en el ejército. Después de beber unos cuantos tragos del áspero caldo mi timidez había desaparecido, ya platicaba con los soldados y hasta tuve el desparpajo de rozar con mi antebrazo los pechos de una de las prostitutas.

El Sol había declinado un poco cuando el estridente sonido de tubas y tambores anunciaba la entrada en tribuna del Emperador (el nuevo Emperador, Vespasiano había fallecido hacía dos años y le había sucedido su hijo Tito) y las más importantes magistraturas del Estado. Yo me encontraba en el lado opuesto del anfiteatro y, aunque un tanto alejado, pude ver el desfile de personajes: aparecieron una decena de pretorianos con sus corazas de cuero, su casco con plumero rojo, su pilum y su gladius, y una capa de color añil, un porte imponente; luego se fueron incorporando el Edil de la Ciudad, el Prefecto de la Urbe, algunos senadores, fáciles de distinguir por su toga blanca con una banda de color escarlata, el Cónsul y otros togados de los que no sabía su rango; por último, hizo su triunfal entrada el Emperador vestido con una túnica de seda blanca y una toga púrpura de lana, a la derecha su joven hija Julia Flavia y su hermano Domiciano y a la izquierda el Prefecto de la Guardia Pretoriana.
El Augusto, puesto en pie y arrimado a la barandilla, saludó brazo en alto a la enfervorizada plebe; todos, embriagados de entusiasmo, y por el vino, nos desgañitamos en vivas al César y a Roma.
Yo no entendía de política, pero las opiniones que había escuchado en las tertulias laborales acerca de Tito eran de lo más variopintas: para unos, era un digno sucesor de su padre Vespasiano y para otros, un hombre temido que podía reverdecer épocas pasadas al estilo de Tiberio, sobre todo si se tenía en cuenta su pasado como Prefecto del Pretorio o su sangriento asedio de Jerusalén; desde la distancia no podía esbozar bien su rostro, pero su pelo acaracolado y su cara redonda le daban un aspecto bonachón. Tito, que vio como el Vesubio devoraba Pompeya a poco de su entronización y como la peste asolaba Roma un año después, murió en extrañas circunstancias este mismo año después de poco más de dos años en el trono.

Hechas las protocolarias presentaciones un vociferante pregonero, después que unas burdas bocinas reclamaran un exiguo silencio, comenzó a detallar los acontecimientos previstos para la función; había un poco de todo: grotescas luchas de enanos, fieras atacando, aniquilando y engullendo a rebeldes cristianos, reos condenados a muerte martirizados y ejecutados públicamente, y el plato fuerte, combates a muerte entre afamados gladiadores… la arena se teñiría de sangre para goce y deleite del pueblo >>>.

El vendaval y las gruesas gotas de lluvia que golpeaban los vidrios de la ventana me sacaron de mi letargo; me giré, encendí la lámpara y miré el reloj, eran las cinco de la mañana y todo había sido un sueño.

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©TruttaFario______El Arenal, IV – XI – MMXIII
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http://editorialcirculorojo.com/cronologia-del-imperio-emperadores/

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