Evaristo y Nicolás.

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  – ¿Se puede? buenos días-.
  – Adelante tío Evaristo, pase y siéntese. ¿Qué tal estamos?-
– Pues no remato, señor Juez, desde que me operaron de la cadera no tengo más que achaques, sobre todo los días estos lluviosos: si estoy mucho rato de pie me duele la espalda, si me siento me duelen las piernas y cuando me tumbo no encuentro una postura en la que me encuentre a gusto del todo-.
  – Bueno, habrá que tener paciencia, estas operaciones son delicadas. Y ¿en qué puedo servirle?-
  – Pues mira, como bien sabes yo tengo una finca en la Lozana, de almendros, manzanos, perales y otros árboles frutales, son algo más de dos hectáreas de terreno, con regadío y todo. En la parte que da a la zona de los Pimpollares hay una vereda que separa lo mío de lo de mi primo Nicolás “el afilador”.
  – Ah, no sabía que fueran primos-.
  – Si hombre, su abuelo y mi abuela eran primos hermanos. Como digo, esa vereda es común para los dos, pero últimamente manda a arar su finca y el tractor se mete un poco en lo mío, y no es que me siente mal, a mí ya me sobran todos los huertos, después de todo no creo que a mis muchachos les dé por la agricultura: uno es funcionario en Madrid y el otro trabaja de ingeniero en Barcelona; yo lo único que quiero es que quede claro que mi finca es mía y si no tiene derecho a pasar por ahí, pues que se busque otro lugar para entrar en lo suyo. Porque lo que yo no quiero es ir a juicio y gastarme las perras, pero si hay que ir se va-.
  – Y ¿de cuántos metros de camino compartido estamos hablando?-
– Pues son, por lo menos, ocho o nueve metros de vereda y se mete casi un metro de ancho en lo mío-.
  – Es decir, ocho metros cuadrados de terreno. Una minucia-.
  – Eso será, pero lo importante no es la cantidad de parcela, lo grave es que se está apropiando un terreno que no es suyo-.
  – Pues nada, hablaré con él a ver qué explicación me da. Ya le diré algo-.
  – De acuerdo -nos damos la mano- que tengas un buen día-.
  – Igualmente, hasta pronto-.

  – ¿Se puede? buenos y frescos días-.
– Buenos días tío Nicolás, hace tiempo que no lo veo, pase y siéntese ¿cómo va la vida?-.
– Pues no muy bien, hijo. Esto del asma me tiene pocho y, para colmo, me he hecho unos análisis y tengo el azúcar por las nubes-.
– Pues nada, a cuidarse y a hacer lo que le diga el médico. Bueno, pues le he llamado porque el otro día estuvo por aquí tío Evaristo con el tema de la linde de la Lozana. Cuénteme usted-.
– Empiezo ya a estar hasta las narices del “cabrero”, de Evaristo. Él sabe de sobra que no dice la verdad; cierto es que esa trocha antes, cuando pasábamos con burros y aún no se había hecho la acequia de cemento, era más estrecha, lo que él no dice es que cuando se hizo la reguera nueva yo tuve que ceder un cacho de lo mío, tiene muy mala memoria cuando le interesa. Y si no me crees le preguntas a tú tía Dorotea que, aunque tiene noventa y dos años, tiene la cabeza muy bien amueblada. Ella sabe muy bien por donde van las lindes-.
  – Vaya, no sabía que tía Dorotea fuera mi tía-.
  – Pues claro, ella y tu abuelo Pascasio “el podaor” eran hermanos de padre. Y tío Pascasio era sobrino segundo de mi abuelo, o sea, que somos parientes-.
– Ya he escuchado a los dos. Recabaré la información que pueda e intentaré encontrar una solución que satisfaga a ambos, ¿vale?-.
– Me parece bien. Porque si Evaristo sigue en sus trece, aquí va a haber más que palabras. Bueno, me voy para casa que me tengo que poner un rato el oxígeno. Que tengas un buen día, y das recuerdos a tu madre, que hace mucho que no la veo. Hasta pronto-.

  Quince días después. Entran en el Juzgado dos personas que conozco pero no sé muy bien quienes son.

  – Buenos días ¿podemos pasar?-.
– Adelante, tomen asiento ¿en qué puedo atenderles?-.
  – Mire, señor Juez, yo soy Eulalia, nuera de tío Evaristo “el cabrero”. Por lo visto, hoy tenía que venir mi suegro a un acto de mediación, pero él no puede acudir; resulta que le han operado de una rodilla y le han puesto una prótesis, está en la clínica y, entre operación y rehabilitación, tiene para bastantes días-.
  – No hay problema, el tema no es tan importante. ¿Y usted?-.
– Me sorprende que no me conozcas (esboza una sonrisa), yo soy Sabino, el hijo pequeño de tío Nicolás. Pues igual que te ha contado Eulalia, parece ser que mi padre tenía que venir hoy por aquí a resolver un tema de lindes, pero no puede. El asma se ha cebado con él y el pobre se pasa el día en el sillón enchufado al oxígeno; no está para muchos trotes.
– Tranquilos, lo que hace falta es que ambos se recuperen, esto puede esperar-.

  Seis meses después.

Tío Nicolás había fallecido, a sus 84 años una insuficiencia respiratoria terminó con su longeva vida. Su finca de la Lozana, aunque aún se mantiene erguida, ya aparenta un estado de semi abandono.
Tío Evaristo da cortos paseos con sus dos muletas. Creo que, por persuasión de sus herederos, vendió el terreno de la Lozana a un ganadero del pueblo vecino. Los frutales ya no son los mismos, ovejas y cabras pastan a su albedrío.

  La vereda de ocho metros de larga y un metro de ancha, está llena de zarzas.
……..

(PD. El lugar y los personajes son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

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©TruttaFario______El Arenal, V – X – MMXVII
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