———- Crónicas de Samiss Cocker ———- PERIPLO ESTELAR: Episodio 02.

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Una ciudad en el espacio.

Era sorprendente comprobar cómo los puertos espaciales del presente nada tenían que ver con los centros cósmicos de lanzamiento y aeropuertos del pasado, ruidosos, contaminantes y con un gasto de combustible descomunal; para el más mínimo desplazamiento se necesitaban ingentes cantidades de energía, gran extensión de terreno y un dispendio exagerado de recursos económicos. Los transportes espaciales del siglo XXVIII de corto recorrido, transbordadores y lanzaderas, eran sencillas naves propulsadas por fusión en frío, un tipo de energía nuclear inagotable, limpia y sin residuos tóxicos. Este tipo de navíos estaban fabricados pensando en la orografía del terreno, de tal forma, que prácticamente pasaban desapercibidos, como si estuvieran camuflados en el entorno. La gabarra Gredos preparada para llevarme a la Ciudad Espacial “Épsilon“, una pequeña embarcación de color verde oliva y tonos parduscos con unos 25 metros de eslora, se encontraba en una diminuta meseta rodeada de pinos centenarios. Como la salida era para el día siguiente, dediqué la tarde a un purificante paseo por la comarca. Anduve por veredas, por holgados y angostos caminos, bebí agua de cristalinos manantiales, oí el alegre trinar de las avecillas, vi corretear pequeñas lagartijas… y por un momento, tuve la sensación de que todo esto ya lo había vivido. La memoria y la inteligencia no se heredan, pero en mi caso, parecía haber recibido la remembranza de mis antepasados, sentía que todos estos lugares, y mi viciosa afición por cortar el rabillo a los saurios, ya los había trajinado en un tiempo pretérito; creo recordar que hubo una especie humana en la Tierra hace miles de años, los neandertales (Homo neanderthalensis), que también poseían estos atributos, heredaban los conocimientos. Con estos pensamientos y correrías, pasé la tarde. Al atardecer, en el crepúsculo del día, llegué a un apartamento que tenía asignado cerca del hangar donde la inerte embarcación, sumida en un letargo de calma tensa, aguardaba impaciente y silenciosa. Allí, después del ajetreado día, pasaría la noche; el amanecer del siguiente día iba a ser el origen de mi anhelada odisea.

El modesto buque, con un pilotaje robotizado, tenía capacidad para veinte aeronautas; en el portón de entrada vi cómo TruttaFario, el Comandante de la Flota, debatía de forma acalorada con Oficiales Controladores, no era normal utilizar una nave de esta envergadura para sólo dos tripulantes, pero había que partir. El ansia que por zarpar a nosotros nos devoraba, seguramente, también desesperaba a los apasionados tripulantes de ARE-05416 que, estoicamente, aguardaban en la Ciudad Espacial. Ocupamos los asientos destinados a cada cual, nos pusimos los cinturones que inmovilizaban nuestros cuerpos en el anatómico diván y, en breve, escuché el suave zumbido que indicaba que el artefacto abandonaba la superficie terrestre; por un instante sentí cómo mi cuerpo se aplastaba contra la butaca, pero fue un tiempo efímero, al rato reparé en una desequilibrada desorientación, como si mis órganos internos flotaran. Me desabroché los arneses que me sujetaban a la poltrona y comencé a flotar por la estancia, era el desagradable estado de la fraudulenta ingravidez, esa sensación de caída libre, como si de una aventura onírica se tratara, producida por la velocidad constante de la nave abandonando el planeta. Por la ventanilla de estribor, a modo de ojo de buey,  observé cómo lentamente se alejaba el grandioso Planeta Azul; al lado contrario, por babor, se acercaba la Ciudad Espacial Épsilon, un inmenso conglomerado de enormes esferas enlazadas entre sí por unos pasadizos cilíndricos. Cada uno del centenar de globos que formaban Épsilon era en realidad un núcleo urbano con miles de habitantes, algo semejante a los colosales cruceros turísticos que surcan los mares de la Tierra; desde mi privilegiada posición advertí cómo la gigantesca estructura metálica giraba sobre sí misma en torno a un hipotético eje creando una gravedad artificial, a su vez, la ciudad Épsilon tenía un movimiento de traslación alrededor de la Tierra, simulando un satélite natural.

La gabarra Gredos penetró por el laberinto de pelotas como buscando un lugar predeterminado; desde la cápsula pude descubrir que cada una de las esferas, a guisa de distrito, tenía su propio nombre, apelativos curiosos: Pascual-Domingo, Arrecorzo, Cerraílla, Gimartín, Berrecoso, Romo, Alvarea, Cansino…, y así hasta completar el centenar de barrios que componían la sensacional ciudad Épsilon, alias de lo más variopintos que, en cierto modo, humanizaban el impresionante y frío esqueleto espacial. En uno de los extremos de la metrópoli, colocadas en rigoroso orden, había atracadas varias naves interestelares de diferentes formas y tamaños: modelos evolucionados de las Enterprise, otras parecidas al tipo ARE y algunas que tenían toda la pinta de ser alienígenas; a un guiño de TruttaFario desvié la mirada hacia el final del espigón donde pude leer: ARE-05416, una exorbitante fragata de un kilómetro de eslora y cuatrocientos metros de altura y trescientos metros de manga, la nave que tenía asignada. Nuestra pequeña embarcación se deslizó flotando cerca del dique en busca de la nave nodriza; según nos acercábamos, más majestuosa me parecía. Por la zona baja del armatoste se abrió una esclusa de apariencia octogonal, por ella nos introdujimos lentamente hasta posarnos en el suelo; a nuestras espaldas se cerró la cúpula y quedamos en zona neutral, la cámara de presurización. Muy poco tiempo había transcurrido cuando empecé a notar una estabilidad física, ya podía andar con normalidad dentro de la cabina, se había restituido la gravedad, una gravitación artificial semejante a la de la Tierra; mientras mis pensamientos estaban centrados en el placer que suponía el sentir los pies en el suelo, una nueva compuerta se abrió delante de Gredos, mis ojos no daban crédito: la espectacular bodega de la nave era un trasiego de mecánicos, robots, pilotos de diferentes sistemas planetarios, carretillas elevadoras apilando y organizando todo tipo componentes. Debidamente colocadas, alcancé a ver doce lanzaderas, tres de ellas eran menkentianas, naves preparadas para la guerra; por un momento, tuve un atisbo de desazón, las lanzaderas equipadas con armamento no era lo que yo esperaba encontrarme, TruttaFario me tranquilizó indicándome que eso formaba parte de las normas de la Federación y que sólo se utilizarían, llegado el caso, con fines disuasorios.

Después que la gabarra tomara posición en el sitio señalado, un vagón deslizante nos llevó a través de la cripta hasta una zona despejada; en el corto recorrido pude apreciar las miradas de miembros de la marinería que asentían con un ligero movimiento de cabeza y esbozaban una liviana sonrisa, yo, lleno de satisfacción, respondía con un grácil meneo de rabo. Al bajarnos de la vagoneta alcé la vista hacia una especie de entarimado, y ahí estaban esperando para recibirme algunos de los oficiales de la ARE-05416 todos vestidos de negro, sin chapas ni condecoraciones, de forma austera y distinguida, vestidos que daban un carácter sobrio a los varones y estilizaban las elegantes figuras de las féminas; saludaron afectuosamente al Comandante y este, a su vez, me fue presentando a mí tripulación: la Oficial de Cubierta, Esperanza, me agasajó con un trozo de queso y una suave caricia detrás de las orejas; con simpatía desbordante me saludó Beatriz, la Oficial de Derrota; con tono afectuoso y un agradable olor a café con leche me reverenció Segundo, el Oficial de Telecomunicaciones; con voz grave y parsimoniosa, Eliecer, el Oficial Consejero -por fin te conozco Samiss, un placer-; el vocablo tierno y peculiar de la Oficial de Abastecimiento, Cristina; la amabilidad de Yolanda, Oficial de Pábulo, quien poco tiempo atrás había perdido a su compañera cannina; la filarmónica sonrisa de Ángel, el Oficial Músico. Hecha la salutación con parte de la oficialía, subimos en un silencioso ascensor hasta la sala de gobierno de la nave donde otro grupo de alféreces aguardaba nuestra presencia.

El Puente de Mando era una esplendorosa estancia llena de instrumentos de la más avanzada tecnología: equipos de navegación, de seguridad, de comunicación; paneles indicativos con girocompás estelar, axiómetro, ecosonda planetaria, detector de agujeros negros, etc… Nada más entrar en la sala nos saludó Ana, la Oficial Psicóloga, mi instinto perruno me presagió nobleza a raudales; Carlos, el Contramaestre, un personaje serio y atento; la Oficial de Horticultura, Anabel, una hermosa y espigada humana que prodiga sensibilidad; Teresa, la Oficial Bióloga, una mujer muy especial que nada más vernos derramó una media sonrisa de amistosa complicidad con TruttaFario; la Oficial del Puente de Mando, Isabelle, la mamá adoptiva que todos los canninos querrían tener, humana aparentemente frágil y de una fortaleza de espíritu impresionante. Me quedaban por conocer todavía más mandos de la nave, pero el Comandante prefirió que nos retiráramos a nuestros aposentos.

Mi camarote era magnífico, adaptado para un cannino; estudié detenidamente todo el aposento, bebí agua de una dorada cazuela y apoyé pensativo mis posaderas en un cojín mientras abría una cajita, parecida a un pastillero, que contenía varias canicas, bolitas como guisantes que, en realidad, eran los documentos de las misiones  encomendadas…

Cuaderno de Bitácora -Samiss Cocker-, Febrero de 2756.

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© TruttaFario 
__COMPLVTVM, V – XII – MMXII
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