El corazón de hueso.

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unnamed  El desván de mi casa, como el de todas las casas rurales, estaba habilitado para trastos y objetos en desuso: ropajes, calzados, alguna herramienta de labranza y cachivaches a los que se les daba poca utilidad o ninguna. En muchos casos eran simplemente recuerdos, remembranzas del pasado que te hacían evocar trances o épocas, algo de lo que no quieres desprenderte porque sientes que si lo haces traicionas la memoria.

  Garbear por el sobrado, en muchas ocasiones esquivando el permiso materno, era toda una aventura. Registraba baúles, maletas de cartón piedra y atiborrados cofres de madera. Allí encontré las deslucidas botas de cuando mi hermano estuvo en la mili, me las ponía y, aunque me estaban enormes, marchaba por el trastero como si fuera un fiel soldado; hurgaba las cajas llenas de papeles, antiguos cuadernos escolares y pasaportes caducados de los años sesenta en los que veía una leyenda con los países a los que no se podía viajar: Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, RDD, URSS…no lo entendía muy bien, en el mapa eran estados europeos como los demás.
Al lado de una destartalada estantería había colgada una bandurria a la que le faltaban varias cuerdas y un par de clavijas, pero no me importaba, yo acariciaba sus cuerdas a pesar del latoso sonido; pensé que en un futuro, cuando yo fuera mayor, algún guitarrero local me pondría a tono el instrumento. Pero no fue así, los muchachos cambiamos de hábitos e ilusiones con facilidad; con el fútbol, la peonza, el mocho y las canicas, me olvidé de la buhardilla y la bandurria.

  Habían pasado dos o tres años. En la boda de un pariente me percaté de que los protagonistas, aparte de los novios, eran los guitarreros: en las rondas, en el baile y en algunas danzas y juegos picarones en la sobremesa de la cena. Era hora de que los niños, ropa tendida, se fueran a acostar. No podía dormir. En pijama y con calcetines subí al trastero en busca de la bandurria. No la encontré colgada al lado del estante, rastreé todo el altillo hasta que di con ella; junto a un arcón, toda ajada, vi la bandurria: el clavijero deformado, el mástil despegado y la caja rota ¡qué desilusión!

  Días después, con cierto recelo, comenté con mi madre acerca de la dichosa bandurria. Subió al desván, y cuando la tuvo en las temblorosas manos:
­- Está destrozada, no tiene arreglo -me dijo- será mejor deshacerse de ella, es un recuerdo demasiado nostálgico, despegamos el adorno y el fuego hace el resto.
– ¿Qué es esa figura en forma de corazón y qué significa? -pregunté-
Cuando terminó la guerra -me relató en voz baja- mi hermano, que había sido concejal en los últimos tiempos de la República, fue hecho preso y llevado a presidio. Allí pasó más de dos años, época en la que las pocas noticias que yo tuve de él fueron un par de cartas, que venían abiertas, un grueso cordón hecho con hilo de seda, de colores llamativos y lleno de filigranas, y este corazón de hueso; el cordón era para mí y el corazón para tu hermano, que en aquél entonces tendría seis o siete añitos, para que lo pegara en la bandurria que había heredado de su difunto padre –
En un sobre de color azul introdujo el ornamento y luego lo metió en una cajita negra de madera que tenía dibujada en la tapa un ramo de flores, lugar donde guardaba su cordón y otras reliquias.

  Durante muchos años he estado viendo esas alhajas en el estuche negro que mi madre tenía encima de una cómoda que había en la sala, pero cuando ella falleció, las perdí el rastro.
No hace mucho, después de morir mi hermano, mi cuñada:
Toma, esto era de tu hermano y quedará bonito en tu guitarra –

  No soy músico, ni guitarrero, ni creo que lo sea nunca; solo sé tocar unos cuantos acordes para acompañar a mis colegas y amigos, ellos si saben, en las rondas. Mi percepción musical es muy mediocre, pero tengo la sensación, al menos a mi me lo parece, que la guitarra suena mucho mejor desde que la puse el CORAZÓN DE HUESO.

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©TruttaFario______El Arenal, V – XI – MMXVI
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