La Fuentecilla del cura

By Santos Jimenez Sánchez.

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Santos Jimenez Sánchez

Santos Jimenez Sánchez

(Los párrafos referentes al Quijote, así como el verso final, de Lope de Vega, están escritos a capricho del autor).

Uno da lo que tiene
O no da nada,
Como hace la fuente.
-Popular-

Cuando me propuso Luis Dionisio participar en esta primera Noche de leyendas –qué bonito enunciado, por cierto–, andaba yo metido en tres historias diferentes relacionadas con fuentes y con curas. Y como me dijera que me había tocado en suerte leer en la Fuente del cura, pensé: curitas y fuentes a mí; “La ocasión la pintan calva” –signifique lo que signifique dicho–.

La primera historia trataba de uno de aquellos curas recios que nos sobaron bien la badana en la niñez. Cada vez que oigo hablar del respeto de entonces pienso en el miedo; cuando se relaciona la palabra educación con aquello, pienso en el sometimiento; y si oigo la palabra hermandad para significarlos me pongo a reír o a llorar indistintamente como un loco.

Bien, vamos a lo que vamos.
Estaba Jorge bebiendo en la fuente de la iglesia, fuente que también podría haberse llamado del cura y de la que, por cierto, no está muy lejos la única fuente que no se ha secado jamás en Cuevas del Valle y que, paradojas de la vida, se llama Fuenteseca. Jorge tenía una lechera en la mano, pues a esa hora de la tarde repartía casa por casa la leche de las vacas de su padre. El cura se acercó a la fuente y le dijo que subiera a tocar las campanas. Era una orden. Hasta bien entrada la democracia hemos confundido, aún, ordenes con avisos y, así, yo he oído bandos municipales que decían: “Por avería en la red, se va a cortar el agua en la calle de los Soportales, hasta nueva orden”. Pero Jorge era un pillo, se dirigió al campanario y al torcer uno de los contrafuertes de la iglesia le dio esquinazo, nunca mejor dicho. Puso pies en polvorosa derramando parte de la leche; cruzó el río y puesta tierra, agua y leche de por medio vio como el cura hacia visera con la mano y luego se la llevaba a la oreja para recoger cualquier mínima onda sonora y campanil que bajara del aire. Al fin se arremangó la sotana, subió los sinuosos peldaños de la escalerilla del campanario y las campanas tocaron su cabrero con un tolón tolón de cura burlado. Y como bajaba burlado y cabreado, dos estados de ánimo que propician todo tipo de tropezones, pisó un pico de la sotana y cayó rodando los doce últimos peldaños de la escalera.

Aquello no iba a quedar así, claro que no, aquello merecía un castigo ejemplar. Aunque pasara y pasara el tiempo y a Jorge se le hubiera tragado la tierra un día aparecería con todo ya olvidado, pues la constitución cerebral de un niño procesa y sigue adelante. El asombro, el descubrimiento de la vida, los juegos, ocupan tanto lugar que desprotegen el flanco defensivo. En algún momento, sin acordarse Jorge ya de las campanas, ni de la fuente, ni de la lechera, los dedos del cura se cernirían sobre sus carrillos y aquellos carrillos lucirían como dos manojos de amapolas durante una semana.

Me dijo Luis que me había tocado en suerte la Fuente del cura, y yo pensé: ¡qué suerte!, porque es totalmente verídico, aunque parezca mentira, y no sé por qué diablos iba a parecer mentira una cosa de verdad tan verdadera, que yo, en aquellos momentos, estaba leyendo la Segunda parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes Saavedra, tal vez para conmemorar los cuatrocientos años de su publicación; pueden pensar eso si quieren. De ese hombre del que hoy en día se busca hasta el más mínimo hueso de su cuerpo, el hueso sesamoideo, que si no me equivoco debe de andar metido entre alguna de las articulaciones de la mano, y que es tan pequeño tan pequeño que unas personas lo tienen y otras no. Y miren ustedes lo que son las desgracias de la vida, ¡hay algunas pobres gentes que se rompen el hueso sesamoideo, que es del tamaño de una lenteja pequeña! No me digan que no hay que acertar con el golpe para rompérselo. A Cervantes, que tantos estacazos llevó en vida y al que tantos disgustos y sinsabores le dieron las Españas, ahora, a la postre, quieren darle albricias. “Después de burro muerto la cebada al rabo”, dicen en mi pueblo, y con qué cargamento de razón lo dicen, coño.

Vamos, pues, a lo que vamos: fuentes y curas. Cosa de misterio parece esta. Véanlo:

Segunda parte de nuestro más famoso libro; de nuestro más grande monumento, incluidas las catedrales, los palacios, los pantanos y todas las cosas que formen la llamada marca España; de nuestra más sabrosa vianda; el gran festín de las letras españolas. Señoras y señores, público cultivado o en barbecho al que yo recomiendo encarecidamente que desde esta misma noche y en las sucesivas, unas veces unas páginas y otras capítulos enteros, se lean ustedes para su fortuna y entretenimiento, para hacer más llevaderas las penas de estos tan atribulados tiempos, se lean ustedes, como digo, la primera y la segunda parte del Quijote.

Le dice Don quijote a Sancho:

Si es que a ti te parece bien querría, ¡oh Sancho! (Fíjense en la cortesía). Si es que a ti te parece bien querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoril ejercicio son necesarias y llamándome yo el pastor Quijotil, tú el pastor Pancino, Sansón Carrasco el pastor Sansonino y el cura de nuestro pueblo el pastor Curiambro, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes… (Ahí estaban el cura y la fuente). Darán nos con abundantísima mano de su fruto las encinas, sombra los sauces, olor las rosas, aliento el aire, luz la luna y las estrellas, a pesar de la oscuridad de la noche. Apolo versos, el amor conceptos, con lo que podremos hacernos famosos, no solo en los presentes, sino en los venideros siglos.

Efectivamente, ya lo han adivinado, no habla Don quijote, habla Cervantes, un hombre que se va a morir pronto y lo sabe y deja en cada una de sus páginas el agridulce sabor de la derrota, la añoranza del sosiego. Herido y apaleado quisiera meterse en la fronda, embelesarse en la naturaleza bebiendo las aguas de sus fuentes.

Embelesarse. Alguien puso esa palabra en algún mensaje, en algún wasap de los muchísimos que han circulado entre los amigos de la Noche de leyendas. Yo tengo que disculparme por haber estado un tanto o un todo al margen. Tal vez tendría que haber venido antes, con tiempo, a contemplar esta fuente, siquiera a beber un trago de su agua, a pensar junto a ella algún verso de Juan de Yepes:

¡Oh cristalina fuente,
 Si en esos tus semblantes plateados.

A rememorar junto a ella cancioncillas de curas:

El cura le dijo al ama
échate en la fuentecilla,
ella lo entendió al revés
y se echó a la coronilla.

El cura le dijo al ama
échate a los pies cordera,
ella lo entendió al revés
y se echó a la cabecera.

Alguien había escrito la palabra embelesar, que es suspender, arrebatar, cautivar los sentidos de los que estáis escuchando. Y eso, es tan difícil. Alguien también puso la palabra pachasco. Mira que hacía tiempo que yo no oía, leía, pronunciaba ni escribía la palabra pachasco. La dije unas cuantas veces en alto: pachasco, pachasco, pachasco, pachasco, pachasco, pachasco, pachasco… venga, vamos, todos juntos, no me dejen solo: ¡Pachasco, pachasco, pachasco! Estuve así un buen rato pachasqueando hasta que me quede bien enpachasqueado y me dije: entre fuentes, curas y pachascos ya debo andar rondando las seiscientas palabras de la propuesta.

No, no había nada forzado ni impuesto. Ha sido un auténtico placer colaborar en esta noche mágica de leyendas, estar rodeado de tan buena gente y de tan buenas amigas y amigos. Y si me lo permiten voy a terminar con un endecasílabo, que al fin y al cabo eso es lo que debería ser lo mío:
Contad si son seiscientas, y está hecho”.

El Arenal, 18 de agosto de 2015.

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