Lucecitas en la noche.

written by Ana Isabel y Teresa Infante

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Anabel Infante & Mayte Infante

Anabel Infante & Mayte Infante

  Hace muchos veranos, cuando aún  salíamos al fresco de las noches estivales a ver las estrellas y a escuchar historias y leyendas por boca de nuestro padre o de algún vecino dicharachero, recuerdo, como si fuera hoy ,la pureza de un cielo nítido , mágico, que aún ahora, al mirar sosegadamente , me provoca sentimientos de nostalgia.

  No era frecuente mantener a varios niños escuchando las historias, puesto que el barrio bullía en actividad y a nosotras nos encantaba corretear y jugar por sus rincones con nuestros amigos.

  Una noche sin luna, acompasada por los festivales nocturnos de los grillos, mi hermana  preguntó por aquellas luces que se atisbaban en la ladera de la sierra. Unas luces misteriosas, anaranjadas, …rápidamente nos pusimos a preguntar a mi padre de forma precipitada, sobre su origen; Y mi padre, con la tranquilidad que le caracterizaba, nos dijo: “Todos cuentan que son las hogueras de los pastores que están en Los Felipes, Cuevo de los Tesillos, Cuevo de tío Cristos, Regajo los Luises, Fuentes Largas…. pero yo sé que son las señales de amor que estos envían a sus enamoradas en las largas noches de verano”.

  Con los ojos como platos, y al escuchar la palabra amor de los labios de mi padre, quisimos saber de esas historias románticas….y esto fue lo que mi padre nos contó:

Al finalizar la primavera, cuando los calores empiezan ya a hacerse sentir en las casas, el pasto y los animales, era costumbre que los pastores comenzaran sus preparativos para  irse con su ganado a los corrales de la sierra  diseminados por la misma. En la bella historia que os voy a narrar, los protagonistas son Juan y María. Estos tenían cuatro hijos y eran de los pocos que no habían emigrado .

  Como cada verano, Juan, iniciaba un viaje y se asentaba durante unos tres meses en Los Felipes, puesto que el ganado tenía pasto suficiente ya que en las partes bajas este se agostaba.

Como cada verano, Juan tenía que despedirse de su adorada esposa, que preparaba con esmero todo el equipaje, y ,que ponía en cada bolsillo de las alforjas un pedazo de su amor bien conservado a pesar de los largos años que estaban juntos. En cada pedazo de chorizo, en cada manta, había una lágrima, un suspiro, …..

  Sus miradas eran cómplices de su amor, sus labios sellados lo decían todo sin hablar.

Por fin llegó el día de la partida, todos estaban un poco tristes, pero nadie quería dejarlo traslucir en gestos o palabras. Las cabras esperaban en la calle escoltadas por los dos perros que sabiamente había adiestrado Juan. Los pequeños jugaban en el corral, indiferentes  de lo que ocurría a su alrededor.

  Solo la madre y el hermano mayor eran partícipes de los nervios que dejaba traslucir Juan. “ Si solo serán tres meses, María,” le decía a ella , como intentando autoconvencerse de algo.

Mi padre nos miraba en estos momentos y nos adivinaba el pensamiento: “ Sé que pensaréis que tres meses pasan rápido, ¿verdad?”, asentíamos con la cabeza…” Pero es que Juan y María se querían como pocas veces se ve, de una manera inusual, casi enfermiza, pero,¿ sabéis que era lo peor de todo? Saberse tan cerca y no poderse ver.”

Cuando se inició la marcha hacia la sierra Juan cogió entre los brazos a María, y, ante la atenta mirada de sus cuatro retoños, no la besó, ya la había colmado de besos la noche anterior, en la que , prácticamente lo que hizo fue mirarla y mimarla. Pero , en aquella mirada le ofreció el mayor regalo que puede recibir un ser humano, el amor infinito.

  Las lágrimas casi afloraron en sus dulces ojos, pero María no dijo nada, para no enturbiar el momento.

  Juan marchó y en la última mirada que dirigió a su esposa  ella se estremeció.

  Llegó la noche y María, acompañada por sus hijos, salía a la puerta y dirigía su mirada a la ladera de la montaña, ahora oscura y triste; y entre las retamas apagadas, vislumbraba las pequeñas fogatas que los pastores encendían al anochecer. La de Juan, en los Felipes era la que más lucía, la más hermosa, cargada de amor y de símbolos que sabía que su mujer leía en la distancia. Después de esto, María dormía plácidamente.

  Al día siguiente, Domingo, el mayor de los hijos, subía bien temprano hacia donde su padre se encontraba, con una cesta repleta de viandas y una bota de vino.  En cada uno de los manjares que llevaba el chiquillo María había depositado sus caricias del día, sus besos, sus miradas…

Juan lo sabía, y cada vez que comía de ello lo saboreaba como si besara a su mujer, tal era la fascinación mutua que sentían.

  Domingo, a cambio, bajaba la leche recién ordeñada del día, con la cual su madre elaboraría ricos quesos con todo el cariño y esmero posibles.

Estos quesos encantaban a los vecinos, porque decían que tenían algo especial.

  Así mañana tras mañana, todos los días de verano  sin descanso. Pero su amor no se consumía con las brasas de la noche, crecía bajo la atenta mirada de los hijos y vecinos a los que este sentimiento embargaba día a día.

  Nuestro padre acabó con una cara como si fuera muy feliz, y nosotras y los vecinos que escuchábamos estábamos como embelesados.

Yo pensaba en que acabara ya el verano para que María y Juan se reencontraran…pero nuestro padre no nos contaba toda la historia, porque, según creo, alguna noche de verano ellos se vieron y se quisieron, pero esto no se lo digáis a nadie, porque es su secreto.

El Arenal, 17 de agosto de 2016

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