Siervo y señor.

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Cuando era jovencito, 10/12 años, en las vacaciones estivales los muchachos de mi época, los que vivíamos en zonas rurales, siempre teníamos alguna ocupación. Es curioso, pero en aquellos tiempos nos hubiera gustado que la escuela no acabara nunca, que no hubiera período de descanso; incluso detestábamos a las criaturas que llegaban al pueblo como veraneantes, los que disfrutaban de largos baños en las charcas del río mientras nosotros estábamos inmersos en labores agrarias y pastoriles. Pasadas las añadas vemos las cosas de otra manera, llegamos a la conclusión que esos quehaceres también eran parte de la pedagogía.

Yo, durante algunos años, desempeñé el oficio de zagal acompañando a mi padre que era el pastor, eran más de cien ovejas; lo más llamativo de estos herbívoros es que, aunque todas las ovejas parecen iguales, terminas por conocer a cada una de ellas. También teníamos algunas cabras que nos servían de manutención lechera y, cuando llegaban las navidades, podíamos cenar cabrito, un lujo.

Las borregas comen rápido, unas horas por la mañana y otras al finalizar la tarde, el resto del día lo dedican a rumiar tumbadas en la sombra del arbolado, tiempo que nosotros empleábamos para regar hortalizas y frutales. Aun así, como los días caniculares son eternos, me sobraba tiempo para la distracción; en mi morral siempre habían esas famosas novelas de bolsillo, del oeste, de ciencia ficción y también, cómo no, algún ejemplar de Corín Tellado que había cambiado con las mozuelas vaqueras del entorno; son libretos sencillos y fáciles de leer. En otras ocasiones platicaba con mi padre, más bien, escuchaba historias de su vida: de cuando estuvo en la guerra, cuando estuvo en Francia, cuando de adolescente ya era un experimentado pastor, y otras veces me contaba cuentos; me narró muchos, pero hoy me he acordado de uno en particular.

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 En un territorio semejante a este los lugareños dependían para el sustento, casi exclusivamente, de los pocos trabajos que les proporcionaban los pequeños hacendados.

  En cierta ocasión, uno de estos señores contrató a un labriego para que le arara una finca, un campo que, según los cálculos de otras veces, necesitaba una jornada completa para la labranza. Vicente, así se llamaba el jornalero, se levantó antes del amanecer, aparejó los dos borricos y cargó los arreos necesarios para la labor: yugo, clavijal, mancera, reja… Al clarear el día ya estaba Vicente removiendo la tierra, surcos paralelos, bien trazados, que eran el orgullo de un buen labrador.

 Poco antes del mediodía, ya había arado Vicente la mitad del terreno, apareció el amo con las alforjas al hombro, macuto en el que supuestamente venían las viandas que se merecía un infatigable campesino. Desengancharon los atavíos de trabajo y desaparejaron los burros para que pastaran mientras ellos, sentados a la sombra de una higuera, acondicionaron un espacio para el suculento almuerzo.

 “Mira Vicente -dijo el amo- el caso es que en mi casa, por culpa de la manirrota de mi mujer y el derrochador de mi hijo, andamos muy mal de alimentos y no he traído nada; entonces, si te parece, para que los vecinos de las otras fincas, que también se están acomodando para comer, no piensen que soy un cacique sin corazón, nos sentamos y nos llevamos la cuchara vacía a la boca: hacemos como que comemos, pero no comemos.”

 “Lo que usted diga Señor -respondió Vicente- aunque tengo hambre y estoy cansado, yo no haré que quede mal entre sus compadres.”

 “De acuerdo pues -aclaró el patrono- cuando terminemos de comer me marcho y al atardecer vengo a ayudarte a recoger los bártulos, y si puedo, te traigo un cacho pan y un trozo queso.”

Antes de la puesta de Sol acudió el terrateniente a su finca, y cuál fue su sorpresa al ver que el terreno laboreado era el mismo que cuando se había marchado al mediodía.

 “¿Pero qué has hecho? Vicente -le gritó desde la distancia- cuando vine esta mañana habías arado medio huerto y, ahora llego, y la cosa sigue igual.”

 “Mire, Señor -dijo Vicente de manera sosegada- yo soy un buen trabajador y, al igual que a usted, a mí tampoco me gusta quedar mal entre mis colegas, no quiero que piensen que soy un zángano que se aprovecha de la generosidad de los amos; por eso, para no quedar mal entre ellos y que nunca más me contrate nadie, he estado toda la tarde arando en el mismo sitio, iba y venía, para no cansarnos mis jumentos y yo, siempre por el mismo surco: hacía como que araba, pero no araba.”

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©TruttaFario______El Arenal, XVI – X – MMXV
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