Crónicas de SAMISS COCKER (IV)

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  Fue la última vez que durmió en casa con nosotros. Había cumplido ya catorce años y, aunque era consciente y nunca dio muestras de dolor, el tumor cerebral que arrastraba desde hacía más de seis meses lo estaba consumiendo, no veía, no oía y, de rato en rato, goteaba sangre por la nariz. Esa noche, un cuatro de octubre de 2012, recordando la temporada que  me acostaba en la habitación-escritorio que había en la planta baja de la casa cuando tuve una grave lesión en la pierna por culpa del futbol, decidí dormir en el sillón para estar más cerca de mi compañero. Él no sabía nada, pero esa vigilia sería la postrera en su jergón. Cual inocente niño pernoctó a pata suelta ajeno al desenlace que le esperaba al día siguiente, yo, en cambio, no pegué ojo; traté de convencerme a mí mismo que para Samiss supondría un alivio dejar este mundo, en sus casi tres lustros de existencia había vivido bien, había sido feliz; pero no pude conciliar el sueño, indirectamente me sentía como los verdugos que cumplen con su desagradable labor.

  Todo estaba pactado desde hacía varios días con Jorge, el veterinario: primero sería un anestésico que sumiría a mi colega en un profundo sueño y a continuación una inyección intravenosa que, en 15 o 20 segundos, le paralizaría el corazón, una muerte plácida y sin dolor, eutanasia: buena muerte.

  Pobrecillo; esa mañana Samiss, como todas, salió corriendo al jardín a orinar y defecar en la base de un marchito granado que hay al lado de un frondoso olivo, su sitio de costumbre. Entró precipitado al hall que hay contiguo a la cocina y se sentó paciente, mientras yo tomaba el café mañanero, justo debajo de la alcayata donde pendía su arnés y su correa esperando el paseo matutino; creo que fue en ese momento cuando un nudo me atenazó la boca del estómago y no pude reprimir algunas lágrimas.

  Hubo paseo, ¿cómo no?, el corto recorrido habitual de todos los días. A la clínica fuimos en coche, Isa, Samiss y yo; a la salida, en una bolsa, Isa guardó todos los aparejos: collar anti pulgas, arreos, cartilla de vacunas… los perros necesitan poco ajuar, y Samiss, fue llevado a una incineradora para caninos.

  El trayecto de vuelta a casa fue mudo y apenado. En el garaje, me acerqué al rincón donde Samiss tenía sus trastos de escritura: pliegos, portafolios y tintero; en una caja de cartón guardamos todos los cachivaches, su herencia son muchos de nuestros recuerdos.

. Ha pasado año y medio y la remembranza ya no es triste, los recuerdos de correrías con mi compañero me hacen sonreír; he abierto la caja y he sacado la carpeta azul celeste toda repleta de hojas manuscritas. Samiss era ordenado, tenía colocadas las páginas por orden de existencia; a vista de pájaro inspeccioné algunos de sus relatos, extraje uno al azar.

 

Ya no soy un cándido cachorro, soy un perro adulto; mi desarrollado instinto me hace advertir cuando se avecina algo fuera de lo normal. Esa tarde, Miguel, se mostraba un tanto agitado; bajé tras él a la cochera y vi como revisaba su flamante coche de reciente adquisición: organizaba el maletero, limpiaba los cristales, miraba el motor… un trajín. – Samiss, como tenemos puente y hay unos días de vacaciones, mañana nos vamos a Francia. Visitaremos a la familia de Isabelle.-

Yo no sé lo que es puente ni lo que es Francia, pero reparé en que no era el viaje normal de otras ocasiones. Francia debía ser un lugar distinto, alejado; ¿cómo serían allí mis camaradas? y ¿los humanos?, ¿habrá riachuelos, exuberantes bosques y lagartijas a las que cortar el rabillo igual que en el pueblo? Tenía ilusión por esta original aventura, también a los caninos nos apasionan las nuevas experiencias.

Debía ser a primeros de Mayo, durante el día hacía una temperatura agradable y las noches eran frescas. Cuando subimos al coche era muy temprano, todo estaba oscuro y las farolas encendidas; como siempre, me subí al asiento trasero acompañado por Alicia, la hermana pequeña, ella también venía. Después de callejear y escuchar el estrepitoso ruido de otros carros y sus bocinas, abandonamos la urbe para incorporarnos a una vía inmensa, coches por todos los lados: a babor, a estribor y, más a la izquierda, de frente; poco a poco, la actividad  de los autos fue disminuyendo y el Sol hizo su aparición por nuestra espalda. Siempre era igual, muy monótono, a ambos lados vastos y llanos terrenos, unos yermos y otros de un fértil verdoso; mirando por la ventanilla una línea recta donde se juntaban el cielo y la tierra. -Ancha es Castilla – dijo Miguel.

El rutinario trayecto sólo se refutaba con la envolvente música que emanaba del interior y las charlas que mantenía mi familia humana: -Este vehículo es la caña: seis cilindros, ciento sesenta caballos, tiene de todo- Miguel alardeaba de su posesión material; así son los humanos, prefieren tenencias materiales antes que una buena perola de salchichas con arroz y un cuenco de leche fresca, son raros.

Poco a poco el entorno fue cambiando; cada vez había menos explanadas concediendo el paso a un terreno más montañoso, grandes laderas de fresca hierba le daban al paisaje un aspecto más dinámico, parecía como si las nubes se aferraran a las cúspides cumpliendo la misión de regar y mantener húmeda la campiña. El ganado pastaba a sus anchas y, desde la distancia, parecía que las ovejas o vacas, no distinguía lo que eran, estaban allí colocadas, inmóviles, como las figurillas de un Belén.

El itinerario había cambiado por completo, era más lento pero más ameno; a ambos lados de la calzada se divisaban viviendas y poblaciones, mi familia comentaba los nombres de los lugares pero yo no prestaba atención, estaba alelado mirando a través de la cristalera, observando las edificaciones y a los transeúntes. Una vez pasamos por debajo de un puente y otra, por encima; al fondo atisbé un sucio y caudaloso río, no me gustó mucho, no era apropiado para animales acuáticos, aunque en la orilla creí ver una manada de juguetones gansos. Cuando más absorto estaba en mis reflexiones: -Mira Samiss, el mar; dijo Alicia -, me cambié de lugar y pude ver un inmenso lago, una balsa tan grande que se perdía en el horizonte; nunca había visto un charco tan colosal, allí podían chapotear todos mis colegas sin necesidad de molestarse.

-Hemos llegado a la frontera, aquí empieza Francia- dijo Miguel cuando paramos en una planicie toda llena de autos. Ellos comieron y bebieron, yo sólo ingerí agua de un plato de plástico; después, Isa, me acompañó en un paseo para que pudiera evacuar. Continuamos el viaje y yo no paraba de pensar, ¿qué es una frontera?, no veía la diferencia del terreno, las personas eran iguales, oí algún perro ladrar y lo hacía como yo, ¿dónde estaba la disimilitud?; entonces lo comprendí, era una línea ficticia trazada por los humanos para repartirse las comarcas y, aunque todos pertenecen a la misma especie, cada zona tiene sus normas, sus leyes, su lengua… nosotros los caninos también marcamos el territorio con el pis, pero por otros motivos, es algo meramente informativo: edad, estado de ánimo, seguridad o peligro, disposición sexual… Los hombres son inteligentes, son la especie dominante del planeta, pero a veces no les entiendo.

Casi sin darme cuenta los aledaños cambiaron nuevamente, en un breve espacio de tiempo fuimos por la costa con el mar a la izquierda, donde pululaban algunas barcazas. El océano se fue alejando y entramos en otra llanura, muy distinta a la primera, de grandes rectas y árboles a los dos lados, muchos árboles; en algunos tramos había un descampado con formidables montones de troncos y, luego, otra vez más árboles – Los bosques de Las Landas, los pinos plantados en tiempos de Napoleón III para ganarle terreno al mar, comentó Isa -. Eran tantos los pinsapos y tan rutinaria la visual, que el peso de los párpados me hizo caer en un pacífico sueño.

Cuando desperté ya nos hallábamos en una urbe, estábamos cerca del destino; después de cruzar la ciudad y soportar la algarabía de vehículos, giramos en una rotonda para incorporarnos a una pequeña calzada que llevaba a una zona con casas separadas por arbustos y jardines, era un sitio tranquilo. Miguel detuvo el coche y tras una cerca de ladrillos y madera pude ver a los anfitriones. Ahora recuerdo, conocía a todos; eran los parientes humanos que veía en el pueblo todos los veranos. Salimos del auto y mientras todos se saludaban con besos y abrazos, a mí me acariciaban la testa – ¡hola Samiss! -; estaba la mar de contento, no paraba de menear la rabadilla.

La casa era grande. Un jardín razonable y una planta baja grandísima, nivel que, como buen cotilla, examiné hasta el último rincón; también advertí que había una segunda altura con una bonita escalera de tablas, pero ahí no subí nunca. Frente al hogar, cruzando la calle, divisé un bello bosque de pinos, castaños silvestre y acebos; ese sería un buen sitio para pasear. En mi afanoso fisgoneo escudriñé que echaba de menos a alguien, no vi a Lore; supe por las miradas de unos y otros que ya no estaba con nosotros, nos había dejado; lamenté mucho su marcha, era un individuo bonachón y cariñoso, siempre con su gorra, tal vez para disimular su avanzada calvicie o, quizá, para evitar que el Sol le tostara la mollera.

Los días que pasé con mi familia francesa fueron activos, lo pasé bien. Por las mañanas hacíamos largas excursiones por el boscaje, de cuando en cuando nos cruzábamos con otros andarines y, después de un cordial saludo, seguíamos nuestro camino; no había cristalinos arroyos como en el pueblo, pero en una ocasión atravesamos un riachuelo con agua semiestancada donde se oía el constante croar de las ranas, muy simpáticos estos anfibios; pasado el puentecillo vi un prado inmenso con un montón de infantes jugando con un balón, participé de algunas correrías tras la pelota para deleite de los pequeños humanos, reían a carcajadas. Por las tardes me quedaba en el jardín de casa mientras Alicia, Isa, Miguel y sus parientes se iban de visita a la ciudad.

El día del retorno, en la despedida, también hubo efusivos saludos, pero más nostálgicos, se les notaba en los vidriosos ojos. El camino de vuelta fue semejante al de ida pero menos dicharachero.

 

  Después de leer esta crónica abrí la carpeta y coloqué el pergamino otra vez en su sitio. Hice bien en retomar la pasión por los escritos de Samiss; de esa forma recordé que años atrás, en parte debido a las circunstancias, visité a la familia y vi la hermosa ciudad de Burdeos: el Monumento a los Girondinos, la Gran Campana, el Puente de Piedra, El Gran Teatro, el anfiteatro romano Palais Galien…

©TruttaFario ___El Arenal,  XIX – V – MMXIV

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