Fuente de la Trucha (La fuente de la vida)

By Juan Manuel Familiar Santos

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Juan Manuel Familiar Santos

Juan Manuel Familiar Santos

Esta es la historia de una fuente. De una fuente y un niño. De un niño y un barrio. De un barrio que durante décadas se abasteció del agua de esa fuente. Una fuente que ha marcado, por muy diversos motivos, la vida de sus vecinos.

Me estoy refiriendo a la FUENTE  DE LA TRUCHA, testigo inamovible de la evolución de este  alegre barrio, también llamado Barrio del Sol.

Según dicen las lenguas más antiguas, recibe su nombre de una de sus más cercanas vecinas, como no, apodada “La Trucha”.

Data del año 1940, cuando el Ayuntamiento de la época concedió el pecunio suficiente para que los voluntariosos vecinos construyeran esta hermosa fuente, y así pudieran recoger el agua que manaba proveniente del Camino de las Cañas.

Siendo un niño de corta edad, en una de esas tardes en las que el “andancio” hacía estragos, mi  madre me la presentó haciendo las veces de bañera, mi primera bañera.

El sol que entraba por la calle de Tía Teodora “La Patitas”, hizo entonces de solárium para aquel cuerpecillo blanco y pequeño, a la vez que sus ropas se secaban al calor de esta tarde de primavera.

Durante años, la Fuente de la Trucha ha sido y es todavía a día de hoy, dispensadora de agua del vecindario para las comidas y cenas:

Niño, vete a por el agua a la fuente que viene tu padre a comer.

Me decía mi madre que, en seguida,  añadía:

-Y no la cojas del pilón que de ahí beben las caballerías.

Siempre pensé que me moriría si bebía agua de ese pilón. Las madres ponían un énfasis especial en aquella frase machacona y repetitiva. Pronto comprobé que no se moría nadie, a lo mucho, se sufría algún episodio de ese “andancio” del que hablábamos antes.

Cuando iba a por el agua, como si de un ritual se tratase, siempre me entretenía mojando la pared de la fuente, como si la pobre necesitara de un refrigerio que nadie le daba. Lógicamente, como niño que era, perdía la noción del tiempo jugando con ella. Era entonces cuando, de repente, escuchaba otra de las frases repetitivas de esas horas del día:

Niño, que está tu padre a la mesa.

Era la señal que me decía que no podía perder más tiempo llenando ese jarro de agua en un chorro que, en ocasiones, no era demasiado caudaloso.  Así que directamente lo llenaba del fatídico pilón y salía corriendo.

Fuente de la Trucha… Refrigerio continuo en esas noches de verano en las que la Calle General Queipo de Llano, actualmente llamada Calle del Sol, y popularmente conocida como “La calle de la procesión”, era tomada por los vecinos que, cansados del calor diurno, tomaban un respiro al fresco; hablaban de cómo estaba el heno o la resina, de las cerezas,  de si les tocaba el agua en este huerto o en aquel otro; al tiempo que el cotano se llenaba de niños, veraneantes y autóctonos, corriendo alrededor de la fuente, con el consiguiente alboroto que a los vecinos que más tenían que madrugar poco agradaba.

Pero su agua no solo ha servido para mitigar la sed de sus vecinos, también para mitigar la de los tiestos de Fidela  y Tomasa, parada obligada de novios el día de su boda, y que no tendrían esa foto sin la abnegación de estas dos hermanas, y la inestimable ayuda de este manantial.

Es cierto también que a la Fuente de la Trucha no le gustaba la soledad. Pronto lo entendieron los sagaces habitantes de este barrio. A sus vecinos, además, siempre les gustó su compañía.

Ángela “La Trucha”, Tía Romana, Fidela “La Zorrita” y su hermana Tomasa, Teófila, “La madre de Herminia” (o así la conocía yo), Tía Teodora “La Patitas”… Todas costureras de profesión  a la raza  del sol  en aquellas tardes de remiendos y confidencias; cocineras al mismo tiempo que cuidadoras de sus hijos cuando venían de la escuela; agricultoras a tiempo parcial entre zurcido y zurcido. En definitiva, mujeres de otro tiempo, trabajadoras a tiempo completo, 24 horas al día o a full time como se diría ahora,  que por la noche fregaban el suelo y lavaban la ropa mientras los demás dormíamos, para así tenerlo todo listo al salir de nuevo el sol.

Y todo esto, para llegar al final de su vida laboral  sin derecho a pensión porque, si me permiten la ironía, estas mujeres “no trabajaron nunca”.

Tampoco podemos olvidarnos de otro de sus vecinos más ilustres. Esta vez con forma no humana pero con nombre muy terrenal: el Salón de Tío Pitico,  destinado en sus inicios al baile  para los más jóvenes del pueblo allá por los años 50 , al tiempo que cumplía también  como salón de bodas.

Sin embargo, mi memoria más reciente me lleva a la época en la que este local se utilizaba como cine de invierno. Los domingos y los miércoles, tras la proyección del obligatorio Nodo, los arenalos acudíamos allí con ilusión para ver esas películas que nos enseñaban cómo vivían los pistoleros del Oeste americano; cómo eran las primeras películas de Manolo Escobar; o cómo se destapaban las actrices más atrevidas de nuestro cine.

Referencia de los vecinos del pueblo como centro social, en mi retina se encuentra todavía tía María “La Pitica”, quien vendía entradas por el ventanuco que se hallaba en la pared; nuestro afable Pablo, quien las cortaba al tiempo que controlaba que ningún enano se colase en la oscuridad; mientras, un señor llamado Ángel, en compañía de Tío Segundo, atendían la estufa que servía de calefacción en las  frías noches  de invierno.

Nunca añoré tanto algo que tenía tan cerca. Aunque mi madre nunca me pudiera dar las 15 pesetas que costaba la entrada, yo siempre me las ingeniaba para ver, a través de las rendijas de una pequeña ventana, lo que a mí me parecía pura magia. Era entonces cuando mi imaginación se disparaba y me decía: “si me dejaran podría ayudar y así ver el cine gratis”.

Como un gatillo miedoso, una tarde de invierno, cuando llegó “el tío del cine”, como así le llamaba mi madre, me acerqué y le pregunté:

¿Puedo ayudarte?

Él me miró y me contestó:

Si te atreves a llevar los rollos dentro y les das la vuelta, te enseño a montar la máquina y echar cine.

No me lo podía creer. Era mi gran oportunidad de ver cine gratis y en pantalla completa. Nunca algo tan pesado me pesó tan poco. Como si la vida me fuera en ello, cargué con aquellos rollos casi más grandes que yo, contaba con tan solo 12 años, y a partir de ese día me convertí en el protagonista de las mañanas de los lunes y jueves en la escuela. Mis amigos me esperaban deseosos para que, como si fuera su trovador particular, les contase la película de la noche anterior, al tiempo que Doña Tina se calentaba al calor de la estufa.

Cuando había alguna escena de esas que llamábamos picantes, y “el tío del cine” no se daba cuenta, yo cortaba algún trozo de cinta al pasar los rollos, y en el recreo de los siguientes días los mirábamos y remirábamos al trasluz para ver lo que a nosotros nos parecía algo extraordinario.

Y así fueron pasando los meses y los años, agrandándose mi felicidad. Yo ya empezaba a poner cine solo, e incluso me pude costear mi primera raqueta comprada en “El estanco de Paco” que, a pesar de ser estanco, vendía raquetas.

Pero fue en una noche del mes de diciembre cuando esa estufa que tantas veces había calentado a los jóvenes del pueblo en aquellas veladas de cine, quiso que el salón llegara a su final, anunciando a sus vecinos que venía una nueva época y que el espectáculo había llegado a su fin.

En una de las noches más tristes de mi vida, escuché a mi madre como nos llamaba con angustia. Algo grave ocurría. Lo notaba en su tono de voz. No era el mismo de cuando me reclamaba el agua para comer. Era de pánico. Mi casa y mi cine ¡se quemaban!

Pero he aquí que como improvisada salvación, apareció  el agua de esa fuente con la que yo me refrescaba en verano; con la que hablaba cuando jugaba con ella; la que regaba los geranios de mi madre; la que nos calmaba la sed. Una vez más la Fuente de la Trucha salió en nuestra ayuda.  El agua que manaba de su chorro, que era más abundante que nunca, ayudó a salvar “la casa de los geranios” para que los novios presentes y futuros pudieran tener esa foto para la posteridad.

El salón de cine, no tuvo tanta suerte.

Como Totó, ese niño de la famosa película “Cinema Paradiso”, lloré lo que para mí había sido mi primera gran ilusión, mi primer trabajo y el lugar donde aprendí a amar lo que ya no se tiene.

Por suerte, sigo contando con la amistad de la fuente y mis hijos ahora juegan con ella en las noches de verano cuando vienen a corretear por el barrio de su abuela, tal y  como lo hacía su padre.

Ahora, la Fuente de la Trucha refresca a otras gentes; sirve de centro de reunión para otras familias; pero para los que han bebido de su agua desde su creación, para nosotros, siempre será también “LA FUENTE DE LA VIDA”.

Juan Manuel Familiar Santos. El Arenal, 17 de agosto de 2016

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