El regreso a casa.

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Nací un 5 de abril de 1912. No conocí a mi padre Antolín, él murió cuando mi madre estaba embarazada. Tampoco conocí a mi madre Agustina, ella falleció poco después del parto. Me crió mi hermana Nicolasa: una diminuta moza, no muy agraciada, pero con una desenvoltura, un desparpajo y un carácter tan alegre que reemplazaba, con creces, su falta de atractivo.

Me instruí como cualquier niño de la época. Mi hermana mayor (hubo otra adolescente que se marchó a Madrid a servir y no la volví a ver) hizo de madre. Fui a la escuela el tiempo imprescindible para aprender a leer y a escribir; más adelante, por las noches, el cura del pueblo me enseñó las cuatro reglas de la aritmética: sumar, restar, multiplicar y dividir, incluso me inculcó un gran apego por la lectura, aunque fueran recitaciones religiosas.

En 1933, con 21 años, fui llamado a filas para cumplir con mis obligaciones militares, convocatoria que dilaté todo lo que pude alegando mi orfandad y la indispensable necesidad que de mí trabajo había para el sustento del hogar. En 1934 tuve un nuevo requerimiento por parte del Ministerio de la Guerra, este ya no lo pude rechazar, los alegatos de antaño no convencieron a las instituciones.

No fui de los desafortunados en el destino, me tocó en Valladolid: Regimiento de Caballería Farnesio. Tampoco, después de los meses de instrucción, fue desdichada la colocación; un escuadrón, en el que mi misión era tener adecentados los caballos, los arreos y monturas impecables y las cuadras aseadas. Aparte de algunas maniobras y algunas guardias, creo que nunca utilicé el mosquetón.

Después de dos años de servicio llegó la hora de licenciarme, pero no pudo ser, vientos de guerra se ceñían sobre España. Nos contaron que unos militares fascistas habían dado un golpe de estado y había que defender la República; días después de la rebelión, mi Regimiento se puso del lado de los sublevados. Qué paradoja: yo que había jurado lealtad a una bandera tricolor ahora me veía en el bando de la bicolor, no podía hacer nada, era un soldado raso de reemplazo y estaba sujeto a las órdenes de mis mandos.

Me cambiaron la ocupación, ya no tenía que cuidar caballos. Me establecieron en el escuadrón sanitario: dos mulas con parihuelas para recoger heridos, moribundos y, en el peor de los casos, muertos en batalla. He de reconocer que no era la tarea más peligrosa (durante los años de la contienda nunca estuve en una trinchera ni jamás hice uso de mi fusil, es más, mi amigo el Teniente Médico me liberó del máuser y, aunque no era reglamentario, me asignó una pistola; el mosquetón entorpecía demasiado mis movimientos) pero, posiblemente, si era la más desagradable.

No voy a relatar con detalle lo que vi en más de una ocasión, pero si algo a grandes rasgos: jóvenes, de no más de 18 años, con algún miembro destrozado preguntando por su madre; otros, con heridas de bala, me contaban de donde eran y si podía mandar una carta; pero los peores casos eran los de los agonizantes: en estos casos, sólo podía darles un poco de aguardiente y compartir un cigarro hasta que expiraban. También, por culpa de mi tarea, tuve algunos privilegios: me apañé unas magníficas botas de un difunto soldado checo, después de todo a él no le servían para nada y a mí me vinieron de perlas. Tengo que aclarar que las órdenes del Oficial Médico para con la compañía fueron rigurosas: no había prebendas con los mutilados, todos los malheridos o moribundos eran iguales sin importar en qué lugar del parapeto se encontraran.

En mayo de 1939, después de cinco años en el ejército, me licenciaron definitivamente. En agradecimiento, por los servicios prestados a la patria durante un lustro, me dieron un borrico, una buena manta, la cartilla de la licencia, viandas para varios días y una carta escrita de puño y letra por el Capitán Luís, así se llamaba el Oficial, hombre al que me encontré, de manera circunstancial, 35 años después en Zamora. Entre lágrimas y escuetos comentarios, nos dimos un fuerte y duradero abrazo.

Durante la travesía de vuelta encontré muchos puestos de vigilancia, todos los pasé sin dificultad, la carta y la cartilla eran el salvoconducto. Quedaba poco más de media jornada para llegar a casa cuando un pelotón formado por cinco hombres con camisas azules y boinas rojas, detuvieron mi marcha. De nada sirvieron mis explicaciones, ni mi carta, ni mi cartilla. Me registraron de arriba abajo. Entre los ropajes del burro, qué ingenuo fui, hallaron mi libreta de la Casa del Pueblo, de la Unión General de Trabajadores. Tuve que acompañar a los falangistas hasta Ávila, donde fui recluido en un calabozo; entre dimes y diretes pasé cinco meses en presidio.

A mediados de septiembre llegué a casa, sin borrico y sin manta; sólo me dejaron la carta de Luís y las botas del brigadista. Habían pasado cinco años y medio, pero por mi hermana parecían haber pasado veinte. Yo no hablé nada pero ella, que había sido una de las rapadas al cero, me contó muchas cosas.

Salí a la calle y me senté en el quicio de la puerta. Vi pasar algunas jóvenes vestidas de riguroso negro y empecé a pensar que la mayoría de mis amigos ya no estaban: algunos habían muerto en el frente y otros muchos habían sido ejecutados… este fue el regreso a casa.

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©TruttaFario
______El Arenal, XXIV – XI – MMXV
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