El barrio las Parras (de higos a uvas)

By Anabel Prieto Amorín

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Relato basado en las memorias de Privado Amorín Delgado.

Anabel Prieto Amorín

Anabel Prieto Amorín

Un día cualquiera de 1939 apareció por estas tierras un hombre, a la sazón todavía relativamente joven, pero ya experimentado constructor, con categoría de Maestro de Obras. Era alto, bien parecido y con una limpia mirada azul.

Se llamaba Privado y había nacido el 21 de agosto de 1903 en  Hiendelaencina, un pueblo alto y reseco de Guadalajara, de cuyas entrañas en tiempos se arrancó plata. Su ascendencia portuguesa explicaba lo inusitado de su apellido: Amorín.

Transcurrían por aquel entonces los duros años de la posguerra en que la debilidad y el hambre atenazaban las almas y Privado, viudo desde hacía tres años, dejó atrás los páramos y el recuerdo de una hermosa mujer y, junto a su madre Vicenta y sus dos hijas, se desplazó a Arenas de San Pedro buscando una tierra más fértil y clemente.

Allí comenzó a finales de 1939 la construcción de un chalet para Narciso Hernández, dueño de la serrería de entonces. Poco a poco los ricos alimentos de la zona y su nueva vida fueron aliviando a toda la familia.   

Los domingos los dedicaba Privado a recorrer los pueblos de alrededor: Guisando, El Hornillo, El Arenal, La Parra y Pedro Bernardo, para elegir el lugar donde realizaría su siguiente obra. Los albañiles escaseaban por allí y tenía numerosas ofertas.

Nuestro Arenal fue el elegido. La calidad de sus aguas, con cinco fuentes de manantial impresionó a Privado. Sus árboles frutales, las judías, patatas y cebollas, cuya fama llegaba hasta lejanas tierras,  lo convencieron sin dudar. Alquiló una pequeña casa en el Barrio Abajo y comenzó una nueva página de su vida.

Tenía varios proyectos: Teófilo Fuentes quería que empezara su casa, ubicada en la plaza del pueblo. También el sacerdote quería emprender la restauración de la iglesia que estaba en ruinas, por lo que buscó obreros entre las gentes del pueblo para ambas obras.

En aquella época  de posguerra, disponía Privado aún de cartilla de racionamiento en Arenas. Los domingos cogía su cesta y bajaba andando a buscar las viandas que le correspondían.

Un día a finales de verano, cuando subía de Arenas,  a la altura de Berrecoso, vió a una mujer enlutada que , junto a su borriquillo, estaba cogiendo higos. La miró de soslayo y le pareció hermosa pero lo que más le impresionó fue la profundidad triste de sus ojos azules. A partir de aquel día su semblante se le quedó grabado y esa mirada serena pero afligida le acompañó por donde fuera.

Los compañeros de la obra le repetían que se animara a casarse y aliviar su soledad. Uno de los peones le insistía entre risas y veras que con su prima del Barrio de las Parras haría un “buen apaño”.

Un buen día la mencionada prima se acercó por agua a la fuente de la plaza, junto a la obra, reconociendo Privado en ella la mirada azul de la resignada mujer de la higuera y, sin dudarlo, se le acercó. Ella le explicó que era cuñada de Sotero su albañil, que se llamaba Margarita y era también viuda. Las garras crueles de la guerra le habían arrancado injustamente al marido en la flor de la edad, dejándole sola y a cargo de una niña y un niño de corta edad que crecían sin su padre. Comprendió Privado el hondo pesar de la triste mujer y se acentuaron más sus sentimientos hacia ella.

Poco tiempo después, los acontecimientos precipitaron finalmente la unión de Margarita y Privado. La madre de él debió marchar a Madrid para ayudar a otra hija y le  aconsejó que se decidiera a casarse con la mujer que le había cautivado, ya que la soledad no era buena compañía de un hombre de bien con dos niñas. Margarita estaba dispuesta y la boda se celebró en primavera.

Se casaron el 8 de Mayo de 1943, apadrinados por Sotero y su mujer Susana, hermana de Margarita, en la Ermita de la Plaza, en compañía de otra boda, también de viudos, entre Gregorio Casado y Cecilia. Como era costumbre, no faltó la “cencerrada” de esquilas y cacerolas que los mozos les dedicaron por la noche.

Desde el día de la boda, Margarita pasó a ser madre de dos hijas más y Privado tomó a los dos de ella por hijos. Todos juntos en casa de Margarita, en el Barrio de las Parras, pasaron a formar una gran familia. Dos casas deshechas se unieron en una sola para seguir adelante sin mirar atrás. Para completar la familia, con alegría de todos, nació un año después una niña : Isabel.

Desde el primer día Privado quedó impresionado por el Barrio de las Parras. Le gustaba su belleza, frescura  y peculiaridad ornamental y, lo más importante: las personas que allí vivían. Era gente de gran corazón, generosidad  y con gran iniciativa en la búsqueda del día a día para salir adelante.

Siete frondosas parras eran las responsables de darle su conocido apelativo al barrio, dispuestas todas de manera peculiar:

Al subir la cuesta de lo que ahora son la casa del cura y del médico se entraba en el barrio y,  una vez pasada la casa de tía Manuela, la de tío Adolfo  el Pregonero y la de Cecilia la Reina, aparecía ya una preciosa parra que se extendía desde la casa de tía María la Quiquina creciendo enfrentada hacia otra que crecía en la casa de tía Basilisa, formando entre ambas un bonito emparrado que cubría la calle.

Avanzando un poco, pasada la casa de tío Juan Cano, se encontraba a la izquierda nuestra parra, la de tía Margarita y el Señor Privado,  que así siempre le llamaron, seguida por la parra de tía Simona y la quinta a continuación crecía en la casa de tío Teófilo “Barrenas” y  tía  María.

Enfrente, en el lado derecho de la calle estaba la casa de tía Leandra, dueña de una bodega y taberna. Todos recuerdan también a esta pequeña mujer por traer al pueblo el primer “puesto de helados”, para delicia de grandes y pequeños. Su hija, Petra, con mandil blanco, llevaba por el pueblo sus cucuruchos y dos fuentes de sabores en su famoso carrito, frente al que se agolpaban niños y vecinos.

Junto a la citada casa de tía Leandra, aparecía la parra de tía María “la de tío Tanis” , la casa de Andrés y Filomena y terminaba la vista al fondo con la parra del “canchón” en casa de tía Auria.  

Al fondo de la calle, antes de doblar la esquina hacia los Nogalares, vivían Raimunda y Gervasio, hermano de Margarita y Guarda de las Monteses, que disponían de un buen horno de leña en el que cada vecino, después de amasar, guardaba su turno para hacer el pan de la semana.

Tía Benigna, otra hermana de Margarita, vivía a continuación con su esposo Virgilio el Herraor y enfrente tía Rafaela, mujer ejemplar y emblemática, casada con tío Segundo, nuestro sereno por muchos años, que con templanza y firmeza, mantenía el orden nocturno; junto a ellos vivían tío Felipe Tartaja y su mujer Lucia, que tenían vacas y allí mismo vendían leche; a continuación  tía Carmen y su marido Mariano.

Las numerosas parras  que pintaban de verde el barrio, fueron testigo y dieron cobijo a escenas familiares cotidianas y entrañables, como los baños de los niños en los típicos barreños de zinc caldeados al sol, los interminables juegos de los muchachos en verano y las grandes fiestas de las matanzas en invierno.

Cuántas confidencias, cuántas bromas y chanzas, cuántas penas y alegrías no habrán contemplado esas parras.

Cada casa de este barrio tuvo su historia, su drama particular, su momento de gloria… un tapiz de vivencias que crecía con los hilos de cada generación entrelazándose como las ramas de los emparrados.

Hasta el año 1947, el Señor Privado hizo más de treinta obras en la zona, destacando en El Arenal las Escuelas, la “Casa del Cura “ y la “ Casa del Médico”.

Mención aparte merece la obra del nuevo ayuntamiento que se inició ese año y fue más costosa de lo previsto, dejándole un déficit que se le fue compensando nombrándole encargado de la central eléctrica municipal (“casa de la luz”)  y del cobro de los recibos pendientes de los últimos dos años, laboriosa tarea que realizaba al anochecer, fuera de su horario de trabajo.

Más adelante inició Privado una aventura singular trayendo el cinematógrafo a El Arenal y  a otros pueblos de la comarca. Por primera vez los arenalos contemplaron la belleza de Ava Gagner o  la valentía de John Wyne. Películas como Mogambo o Quo Vadis poblaron de imaginación las mentes de chicos y grandes. La mayoría eran en blanco y negro pero ¡Ay cuando era en color!, ese día era el mejor. La pregonera anunciaba el “hoy  cinemascope” y era una gran fiesta.

Acudían los vecinos en gran número tanto al  local de tío Nemesio, en la plazoleta, en invierno, como en el verano al aire libre en la plaza, pero pocos dividendos dejaban debido al escaso precio de las entradas, o la petición de la simple voluntad en el cine de verano. Así, más que ganancias, al final hubo deudas y el primer cine del pueblo tuvo que cerrar tras unos años de nulo rendimiento pero de mucha diversión para todos.

Era una persona demasiado noble para hacer dinero con los negocios y más de una buena “regañina” se ganó de Margarita que, como buena esposa, intentaba estirar todo lo que podía el casi siempre escaso dinero de que en esa época disponían para una familia numerosa.

Privado no olvidaría nunca  el apoyo recibido y la solidaridad entre todos los vecinos del Barrio de las Parras. Todo esto contribuyó a que él tanto amara a este pueblo de El Arenal y tanto lo admirara; pueblo este, además, al que tanto ayudó al progreso técnico y arquitectónico, al tiempo que formaba toda una generación de buenos albañiles hasta su jubilación en 1968.

Así, este Barrio y este pueblo fueron testigos de una bonita y prolongada relación, que comenzó junto a una higuera y se extinguió al lado de una parra.

Esta bella parra , último vestigio de todas las que poblaron este barrio, esperamos se conserve muchos años. Junto a ella, a su abrigo en los días de lluvia y bajo su fresca sombra en verano, por  más de 50 años Margarita y Privado mantuvieron unida una gran familia, nuestra familia y compartieron un gran cariño a todo el Barrio de las Parras.  

Anabel Prieto Amorín. El Arenal, 17 de agosto de 2016

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