———- Crónicas de Samiss Cocker ———- PERIPLO ESTELAR: Episodio 01.

=============================================================

La ansiada noticia.

No podía salir de mi asombro, después de tres lustros esperando y cuando ya había perdido toda esperanza, por fin, me habían asignado una misión en la Flota Estelar. En más de una ocasión llegué a pensar que mi hoja de servicios no era lo suficientemente fastuosa para el Almirantazgo Galáctico, ese grupo de burócratas parapetados en lujosos gabinetes, llenos de condecoraciones con bandas de colores y emblemas cuyo significado se escapa a mis conocimientos. Era tal el grado de euforia que sentí al recibir la notificación a través del chip insertado en mi oreja derecha, que ni tan siquiera lo leí con detenimiento; proyecté una holografía del mensaje en el panel de mi habitación.

««Comunicado para Samiss Cocker, Capitán de Fragata de la Segunda Escuadra Estelar: Nos es grato informarle que, después de analizar sus continuas peticiones, la Federación de Planetas Unidos ha tenido a bien concederle el mando de la nave “Gredos-05416-Arenal” (ARE-05416). Deberá presentarse en el plazo de dos días terrestres en las instalaciones de dicha organización, donde se le comunicarán los pormenores de la misión que le ha sido encomendada »».

El aviso no podía ser más escueto, aunque esto era algo normal, los gerifaltes del Almirantazgo tenían cierta tendencia al secretismo y la prepotencia. Envuelto en un halo de alegría y nerviosismo no paraba de darle vueltas a la cabeza, leí y releí el despacho hasta que empezaron a dolerme las orejas; demasiados interrogantes se apiñaban en mi cerebro: teniendo en cuenta que yo pertenecía al área civil de la Flota, ¿qué cometido me habrían asignado?, ¿qué tipo de nave era ARE-05416?, yo tenía referencias de la USS Excélsior y la serie Enterprise NCC-1701, pero nunca había visto una de la gama ARE; y lo más importante, quienes eran los miembros de la tripulación y cuantos la componían?, intuí que estos dos días se me iban hacer largos, muy largos. Debía de poner en orden mis raciocinios y para ello, nada como un par de galletas de avena y una templada infusión de valeriana, esa fue mi relajante cena. Entré en el cuchitril anejo de mi humilde apartamento donde tengo el camastro y un cuenco con agua, a veces me entra sed durante la noche, dejé caer mis posaderas en el jergón situando correctamente la rabadilla y apoyando la cabeza en el saliente de la cama; pensé que después de un sueño reparador vería las cosas con más claridad.

El extraordinario edificio de la Federación estaba en Complutum, una metrópoli del centro de la Península Ibérica cercana a Madrid, un inmueble majestuoso con forma de seta y más de 500 metros de altura, rodeado de columnas de mármol engarzadas con paneles metálicos labrados con relieves alusivos a la antigua civilización romana; la entrada principal estaba custodiada por una docena de simpáticas alienígenas muy parecidas a las mitológicas centáurides. Como llegué con media hora de adelanto tuve tiempo de platicar con una de ellas; en el idioma común de la Galaxia me comentó que eran originarias de Menkent IV, el cuarto planeta de la estrella Theta Centauri, una gigante naranja de la Constelación del Centauro situada a 60 años/luz de la Tierra, un mundo boscoso y con una gravedad algo superior a la terrestre, quizá fuera ese el motivo de sus graciosos andares, como si flotaran; seguro que, llegado el momento, mi tripulación estaría encantada de visitar ese planeta. La afable menkentiana me acompañó hasta un ascensor en forma de cápsula que me llevaría hasta el lugar previsto para la visita con el Alto Mando.

La sala de reuniones tenía forma de media luna. La zona cóncava de la estancia estaba rodeada de cómodos asientos de distintas formas y tamaños, todo ello pensado para los peculiares miembros del Consejo. En un extremo de la antecámara había un sillín reservado para mí, y en el otro extremo, un sillón vacío destinado al Comandante de la Flota; el espacio central lo ocupaban cuatro humanos terrícolas y un cannino, un paisano del planeta Cann. En la base de la pared central una pequeña peana con forma de pirámide truncada proyectaba imágenes tridimensionales con rayos láser, pude detectar ilustraciones de sistemas planetarios con coordenadas y distancias desde la Tierra; en uno de los laterales iban apareciendo los tamaños, masa y formas de vida de los distintos objetos estelares. Mientras todo esto sucedía, los cinco dirigentes debatían y, de vez en cuando, miraban al sillón vacío; yo, de momento, me sentía totalmente ignorado.

Como por arte magia apareció el personaje que completaba el grupo, un hombre vestido con el traje negro de la Flota que por los galardones deduje que era el Comandante, un individuo singular del que ya tenía referencias cuando estuve en la escuela de oficiales, serio, disciplinado y de carácter un tanto agrio; llevaba el pelo rapado y mostacho canoso, y lo más curioso, usaba lentes, un tipo de prótesis para la vista que había caído en desuso varios siglos atrás. El veterano cannino le saludó de forma afectuosa meneando el rabo, los demás sujetos lo hicieron de manera cordial, pero sin demasiado énfasis; percibí que era una persona difícil pero noble, un cordero con piel de lobo. Como buen cannino, yo también saludé a TruttaFario, así se llama el Comandante, lamiendo su mano y meneando la rabadilla.

Hechas las presentaciones, continuamos con la reunión. TruttaFario depositó una especie de canica del tamaño de una lenteja, que previamente había extraído de la sortija de su dedo menique, en el tronco piramidal; de la parte superior del poliedro empezaron a fluir imágenes holográficas de todos los tripulantes que embarcarían en la fragata ARE-05416. En primer lugar aparecieron, uno por uno, los componentes de la marinería: físicos, informáticos, ingenieros y todo tipo de técnicos especializados; aunque la mayoría eran humanos, también los había de otros planetas, pude ver menkentianos, canninos, y otros de los que ignoraba su procedencia, supongo que todos ellos habían sido seleccionados por los distintos Oficiales de la Tripulación, total, cerca de 200 almas, por lo que argüí, que la nave era de un tamaño considerable, destinada a pacíficas misiones de gran relevancia. Sólo me faltaba ver el desfile de Oficiales; desde el lugar donde me encontraba no podía distinguir sus rostros, pero por sus siluetas, pude apreciar que todos eran humanos y que había diez féminas y cinco varones. Con una mirada de connivencia, TruttaFario, me indicó que era un grupo excelente de Oficiales, de lo mejor y más selecto de la Galaxia; yo, sin la menor duda, confié en el Comandante.

Después de despedirnos de los miembros del Almirantazgo, TruttaFario y yo, abandonamos el enorme edificio; en la puerta principal nos esperaba un vehículo deslizante, propulsado con energía solar, que nos acercaría hasta un puerto espacial enclavado en las faldas de la Sierra de Gredos. Durante el sosegado recorrido, el Comandante me fue dilucidando las particularidades de la misión, por un lado, viajes a mundos deshabitados con una finalidad marcadamente científica, y por otro, visitas a satélites y planetas con formas de vida donde la hostilidad sea baja, o prácticamente nula; todo con fines ilustrativos y diplomáticos, una empresa para ampliar conocimientos de todo tipo: agricultura, tecnología, medicina, biología, hábitos y costumbres. También, durante el desplazamiento, tuvo tiempo para  desgranarme  la idiosincrasia de los Oficiales de la Tripulación, todos provenientes de esta comarca serrana como él. Así pues, me habló de la Oficial Bióloga, una activa e inteligente profesora a la que le unía una amistad legendaria; me habló de la Oficial de Pábulo, una persona sensible, amante de la fotografía y los paisajes; me habló de la Oficial de Cubierta, una atlética maratoniana que derrochaba simpatía; de la Oficial de Derrota, del Oficial Consejero, del Oficial de Telecomunicaciones, de la Oficial Médico…, pero ya tendría tiempo de conocerlos a todos. Asimismo me habló de la Oficial del Puente de Mando, una encantadora terrícola con la que mantenía una relación íntima.

El vehículo nos dejó en lo alto de una loma desde donde pude apreciar el bonito entorno de la comarca; en una especie de meseta, a unos cientos de metros, observé el transbordador que había de llevarnos hasta la Ciudad Espacial, una inmensa estación que orbita a 10.000 km. de la Tierra y donde están atracadas parte de las naves de la Flota, ahí nos espera ARE-05416 con tripulantes y enseres para nuestro periplo estelar.

Cuaderno de Bitácora -Samiss Cocker-, Enero de 2756. 

================================================================
© TruttaFario 
__COMPLVTVM, XXII – XI – MMXII
================================================================

Anuncios