Crónicas de SAMISS COCKER (II)

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 Me picaba la curiosidad, después de sus “crónicas” cada vez que bajaba al garaje, con el rabillo del ojo y casi inconscientemente miraba hacia la rendija donde guardaba Samiss sus secretos, en más de una ocasión estuve tentado de meter la mano, pero no me atrevía, no era correcto. Se me ocurrió una idea: con una pequeña linterna observé a través de la oquedad y vi que el tintero había bajado de nivel, suficiente, – pensé – Samiss está trabajando.

  Un caluroso atardecer de Junio fuimos a pasear por los pinares, como casi siempre; mi compañero olisqueaba por doquier y si se encontraba con otro cannino, pues saludaba efusivamente, salvo que fuera una hembra en estado de merecer, entonces se ponía gracioso, majete, hasta chulo. ¡No me mires así, ni me riñas! – Decía – los humanos hacéis lo mismo cuando veis una hermosa mujer. Sonreí, tenía razón. Pero algo no iba bien, su comportamiento denotaba preocupación. Con más celeridad de lo habitual me exigía volver a casa, esta vez no quiso parar en la fuente que hay bajo los álamos, cosa extraña, es buen sitio para recuperar y echar un traguito.

  Una vez en el hogar, fui directamente a mí biblioteca, estaba enganchado con el libro que me había regalado Fany, Juego de Tronos. Samiss no paraba de merodear a mí alrededor, rozándome con su lomo en las piernas, llamando la atención: sígueme, tengo que enseñarte algo. Bajé tras él a la cochera, ¡que desastre! justo al lado del baúl una enorme mancha negra, se le había derramado el tintero.- No por favor, no enrolles el periódico – dijo – ya sé que ha sido una torpeza, pero me falla un poco la vista -, ¡en ese tris le habría arrancado su uña-plumín! Isa, con gran templanza, limpió la mácula. Al día siguiente pasé por la papelería a por otro tintero.

Dejé el recipiente en un sitio visible y estable, después de todo ya no había secretos que guardar, Samiss estaba de acuerdo, yo no tocaría los portafolios sin su autorización. Pasaron dos días. El cannino me miró indicándome que podía ojear sus papiros. Nuevamente, cogí la carpeta azul celeste y la deposité en mi escritorio. Por la noche, con la ventana abierta y una fresca brisa de principios de verano, abrí el legajo y comencé a leer.

 

” El sitio donde vivo es genial, tengo de todo, un patio para correr y perseguir lagartijas, una cama y al lado una cacerola con agua y otra con comida, bueno, el sustento me lo racionan,  dicen que estoy un poco rollizo; y sobre todo, tengo una familia. Lo que más me gusta es viajar, cuando veo a “mamá” preparar bolsas me pongo loco de contento y rápidamente me siento al lado del coche, no sea que se olviden de mí. Con la nave de cuatro ruedas nos hemos desplazado a lugares remotos y cercanos, al territorio que más vamos es “al pueblo”.

Era un día de verano, tendría yo 3 o 4 años. Nos levantamos pronto, muy pronto, tan temprano que era noche cerrada. Salimos a la calle, no había nadie, solo se oía el fragor de la Fuente La Trucha.  Correteaba, brincaba, meneaba mi rabadilla con alegría. La noche anterior vi como Miguel preparaba un morral lleno de viandas: pan, carne seca, queso, galletas, fruta y una barrica de piel llena de un líquido rojo-ambrunés, también una cantimplora con agua. Subimos los tres al coche, Isa condujo hasta el altozano donde termina el asfalto, Truttafario y yo nos bajamos y ahí comenzó la aventura.

El camino, todo de tierra, ligeramente empinado con pinos a ambos lados. Aún era de noche, la Luna en creciente iba cayendo por el Oeste  y proyectaba sombras apaisadas con extrañas figuras, los canninos no sabemos lo que es el miedo, corría y las pisaba, no había nada. A medida que avanzábamos la pendiente se hacía más pronunciada. Por fin llegamos a una pequeña meseta, ya no había árboles, la Luna desaparecida tras las montañas, las estrellas se estaban apagando, era el preludio del amanecer. Miguel se sentó en una piedra mirando hacia el Este, me tocó la cabeza indicándome que yo también contemplara. En un instante el cielo se tornó de rojo-picota, en el horizonte por encima de la línea verde de los pinsapos un semicírculo amarillo-rojizo progresaba lento y majestuoso hasta convertirse en un  disco dorado, el Astro Rey. Glorioso espectáculo, nunca había visto nada igual. Sentados a la sombra de una enorme piedra de granito abrió Miguel su zurrón y sacó un paquete de galletas, los dos comimos lo mismo. En un plato de plástico verde me echó agua de su cantimplora, yo no sé beber a morro.

Después del refrigerio matinal continuamos el ascenso, el camino se transformó en vereda, cada vez más escarpada. Con la llegada del día comenzó la actividad vital en el pedregoso terreno, vi transitar lagartijas de varios tamaños, elegantes aves planeando por el cielo, insectos, muchos insectos, algunos molestos. Llegando a una loma aparecieron unos seres insólitos, eran de un color parecido al mío, con cuernecillos, saltaban de piedra en piedra, como si rebotaran, no son nada simpáticos, más bien temerosos, desconfiados, huidizos, no volvimos a verlos. Pasado el cerro, un altiplano con verde hierba y una fuente…., en el desagüe metí patas y manos, luego bebí con ansia. Sentado ya mi compañero, sacó de la mochila un buen trozo de queso y pan, un tentempié, nuevamente compartió conmigo los nutrientes. Él no bebió agua, pimpló el líquido rojo del pellejo, luego se relamió las comisuras de los labios.

El último tramo que anduvimos no tenía mucho desnivel pero fue el trozo de recorrido más desagradable, el suelo estaba lleno de esquirlas que me hacían daño en las almohadillas de los pies, y otros ratos, la maleza no me dejaba ver a mi colega y el Sol me hacía daño en la espalda.

Cuando llegamos a la cúspide el Sol estaba en su cenit. Nos arrimamos al saliente, mira Samiss, el pueblo; ¡que pequeño!, en ese instante comprendí lo diminutos que somos en este Planeta. Miguel dejó el macuto en la sombra, nos acomodamos los dos, el sentado con la espalda apoyada en la pared y yo sobre mis cuartos traseros, sacó todos los comestibles, esto era un festín. Lo mismo que él comía, me daba a mí: pan, jamón, queso, de todo un poco; yo bebía agua de la caramayola y mi amigo, vino de la bota. Después de ingerir lo suficiente, me “despisté” para hacer mis necesidades, cuando volví, empezó el descenso.

La bajada fue por otro sendero, íbamos deprisa, teníamos ganas de llegar a casa y relajarnos. Muy pronto empecé a ver terrenos que ya conocía, riachuelos que ya había trajinado. Cuando llegamos al barrio vi a Isa; yo moviendo el rabo con júbilo, estaba feliz. Esa tarde no salí a dar una vuelta, me quedé tumbado al lado de “mamá”.

Por la noche no comí nada, solo bebí agua de mi cazuela y me tumbé en el rellano de la escalera. Mi cerebro es pequeño y la memoria limitada, algunas cosas no las recuerdo bien, pero algo aprendí en esa excursión y lo recordaré siempre: los amaneceres son preciosos y son todos los días, que lo más bonito es sentirse amigo de los amigos, de igual a igual, compartir.”

 

  Recogí las hojas y las coloqué en la carpeta, en el lugar de siempre dejé todo ordenado. Antes de ir a la cama pasé a ver a Samiss, estaba dormido, aunque me pareció que tenía un ojo un poco abierto y el belfo con una media sonrisa….cosas mías.

  ©TruttaFario __ COMPLVTVM, XXX – VI – MMXI (Para Mayte)

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6 comentarios el “Crónicas de SAMISS COCKER (II)

  1. Rosa Isabel dice:

    Deliciosa crónica sobre el mundo visto a través de los ojos de una amigo canino.

  2. elvira dice:

    Hace tiempo que conozco las crónicas de Samiss las he vuelto a leer y me siguen gustando.Se las recomendare a mi nieta,. estoy segura que la encantaran.Espero que Samiss te siga inspirando. Saludos

  3. Yoly dice:

    Muy bonito Migue, me encantan los relatos de Samiss, ya quisieran los romanos, por cierto, que es una caramayola?

  4. Mayte dice:

    Es uno de los mejores regalos que me han dedicado. Precisamente hoy, de aniversario triste, lo recibo con una gran emoción. Gracias por ser mi amigo.

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