Una estrella en la Tinaja

written by Cecilio Vadillo Arroyo

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  Esta es una historia verídica que conté en la inauguración de un congreso sobre La “Junta de Valladolid” o la “Controversia de Valladolid”, tan desconocida como importante, en la que Bartolomé de la Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, en 1500 – 1501, debatieron, en el Colegio de San Gregorio, sobre la polémica de los naturales que enfrentó dos formas de concebir la conquista de América. El primero, defendiendo  los derechos de los indios y el segundo defendiendo el derecho y la conveniencia del dominio de los españoles sobre los indígenas.  Bartolomé de las Casas fue considerado pionero en la lucha por los derechos humanos.

  A mi lado estaba sentado Belisario Betancur que fue presidente de la República colombiana y le gustó tanto que me preguntó si  podía contarla. Le dije que por supuesto, que para mí era un honor. Por eso me atrevo a contarlo aquí delante de todos vosotros.

  Venía del país de la arena, de la inmensidad del desierto donde los árboles apenas existen y donde, a menudo, sólo aparecen como espejismos que crea la mente por la necesidad de encontrar el agua salvadora. Sus pies desnudos sólo habían pisado el suelo caliente de esas montañas de arena como cuerpos morenos tumbados,  infinitos en el horizonte. Venía del país donde el sol abrasa la tierra ocultando el cielo azul intenso de la mañana, donde los hombres se esconden hasta que llega el atardecer y el sol desaparece con un guiño en el horizonte recordando, que a pesar de la fría noche, el siguiente día volverá para darles, a sus habitantes, la intensa luz del  inmenso desierto.

  Fati vino un verano de los campamentos del Frente Polisario que justifican una guerra olvidada, después de que los españoles nos marcháramos dejando a los habitantes del Sahara Español perdidos a su suerte en esas tierras yermas, duras y recias; huérfanos de una patria que los abandonó a su suerte.

  Fati vino un verano a descubrir otro mundo, dejando su pesada tierra para descubrir el grifo, la ducha, la piscina, el “agua”; el oro del desierto cuya ausencia sintió mucho más al poder tocarla, sin que dejara de producirse el milagro de acariciarla con su manos morenas, finas y envejecidas por el calor, el frío, el hambre y la desesperanza. Sólo deseaba hundirse en la piscina o en la bañera dejando flotar su cuerpo  como un niño en el vientre de su madre a punto de amanecer a una nueva vida. No quería salir del agua, no quería volver a nacer hasta que su piel se arrugara sobre su cuerpo delgado y frágil,  pero firme y resistente debido a la dureza de la vida.

  Estuvo con nosotros en Valladolid, en Cádiz y también vino aquí, al pueblo. Disfrutó del entorno, del maravilloso paisaje, de los árboles que ya no eran un espejismo, del río que nace de las innumerables fuentes que salen de la tripa milagrosa de la montaña, de los lagos escondidos en el centro de la tierra.

  Una noche del caluroso verano del mes de julio, fuimos al río, hasta el charco de la Tinaja donde el cielo está más cerca, para poder contemplar  las estrellas que la luna nos deja ver cuando esconde su preciosa figura para que disfrutemos del maravilloso espectáculo de las estrellas, del firmamento, de la vía láctea y de todos los símbolos del universo que nos hechizan al mirarlos. Es curioso, que en su país no se hubiera fijado en la inmensidad del cielo y las estrellas, cuando tienen uno de los cielos más preciosos del planeta tierra. Pero la pobreza no deja disfrutar de las cosas bellas del mundo. Al llegar al charco de la Tinaja, una impresionante estrella se reflejaba en el agua cristalina y transparente. Fati se quedó maravillada y, al verla tan cerca, quiso alcanzarla con la mano. Tuve que enseñarle que el verdadero espectáculo estaba en el cielo, que eran los fuegos artificiales más bonitos que ella nunca había visto, seguro que nunca había visto. Nos tumbamos sobre las piedras aún calientes por ese sol del mes de julio. Mientras contemplábamos el espectáculo, y las estrellas bailaban delante de nosotros, encendiéndose y apagándose como un árbol de navidad; parecía que nuestros cuerpos levitaban acercándonos cada vez más hacia su intensa luz, como si desapareciera la gravedad y se movieran caprichosamente, ajenos a nuestra voluntad, entre los astros luminosos.

  De pronto Fati me preguntó:

– “¿Podemos coger una estrella?”.

  Alargué mi mano en la oscuridad de la noche y empecé a moverla entre las estrellas acariciándolas.

– “Sí”, le contesté, “se pueden coger; pero ahora en verano no debemos hacerlo porque se derretirían y desaparecerían y, a pesar de que son millones de estrellas, todas tienen que mantener el equilibrio cósmico que consigue que podamos sobrevivir en nuestro planeta. Sólo las podemos coger en invierno y siempre con el compromiso de devolverlas al espacio exacto que ocupan en el cielo”.

  Aunque no le cogí la estrella en ese momento, le prometí que en invierno le bajaría una estrella, para que pudiera tener la suya, pedirle un deseo y coger la energía de su luz.

  Pasamos ese verano disfrutando de todo lo que le estaba prohibido en esos campamentos, donde los habitantes están presos de un conflicto que el mundo no es capaz de solucionar. Fati pasó el último día de su estancia en España,  pasando una y otra vez la mano bajo el grifo, la ducha y bañándose en la piscina. Parecía que quería agarrar el agua y llevársela a su mundo de los sueños. Después de una triste despedida, Fati volvió a su país de arena al que, a pesar de todo, amaba profundamente.

  Cuando llegaron las navidades una amiga mía, María José, iba a ir a los campamentos en Argelia, en Tinduf, e iba a encontrarse con Fati. Ante este viaje, fui a un mercadillo de navidad y le compré la estrella más bonita que había. Se la di a María José para que se la regalara a Fati diciéndole que se la había cogido del cielo para ella. Mi amiga pasó todas las navidades en Tinduf y cuando regresó, me contó cómo reaccionó cuando le dio la estrella.

  • Cecilio me dio esto para ti; le dijo María José.

  Cuando abrió el regalo y vio la estrella, sus preciosos ojos se abrieron  inmensamente y se llenaron de alegría, de brillo y de lágrimas,  y su boca se llenó de emoción. Una cara llena de felicidad y asombro.

  • ¿Me ha cogido la estrella del cielo para mí? Preguntó aturdida y emocionada a la vez.
  • ¡Claro! Respondió María José.

  Como ya era tarde se fueron a la cama y Fati durmió toda la noche abrazada a la estrella, pegada al pecho, envuelta en las mantas protegiéndose de las frías noches del desierto, sin darse cuenta que en la gélidas noches del Sahara un inmenso cielo protector lleno de estrellas la cubría con las caricias de la hadas de un cuento milenario. Ese “cielo protector”, pero traicionero, de la obra más importante de Paul Bowles, una de las cumbres de la literatura americana del siglo XX, llevada al cine por el gran director italiano Bernardo Bertolucci

  Al día siguiente, Fati se levantó muy temprano y se acercó a la cama de María José que todavía estaba somnolienta, con la estrella en la mano y una cara un tanto decepcionada le dijo:

  • María José, pero…., esta estrella…, es de mentira ¿No?
  • Sí claro, dijo María José, con una obligada sinceridad que le encogió el corazón.
  • No puede romperse el equilibrio del Universo, contestó Fati.

  Sonrió y supo ver que los sueños, sueños son; pero que nos ayudan a vivir la difícil realidad. No dejó de darme las gracias mil veces, porque a pesar de todo, pudo guardar su estrella para siempre y no devolverla a nuestro incierto y desconocido universo.

  Fati no tuvo la misma suerte que la princesa Margarita, del precioso cuento de Rubén Darío a la  que Jesús le concede la estrella deseada.

 Una tarde, la princesa 
vio una estrella aparecer; 
la princesa era traviesa 
y la quiso ir a coger.

 La quería para hacerla 
decorar un prendedor, 
con un verso y una perla 
y una pluma y una flor. 

 Y así dice: «En mis campiñas 
esa rosa le ofrecí; 
son mis flores de las niñas 
que al soñar piensan en mí». (Jesús)

 La princesita está bella, 
pues ya tiene el prendedor 
en que lucen, con la estrella, 
verso, perla, pluma y flor. 

  Este relato se lo dedico a todos los pueblos oprimidos, a los pobres, a las víctimas de la guerra, a los refugiados; para que todos los seres humanos sean libres, para que su estrella sea una estrella de verdad y no tengamos que mentirles como mentí a Fati. Me gustaría tanto haberle dado la estrella de la felicidad, de la paz y de la libertad.

¡Qué el equilibrio del Universo simbolice el equilibrio de la justicia social, de la igualdad y de la fraternidad!

El Arenal, 22 de agosto de 2017

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