El tilo de mis secretos.

By Cecilio Vadillo Arroyo

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Cecilio Vadillo Arroyo

Cecilio Vadillo Arroyo

Sentada sobre sus rodillas, mi abuelo me contaba siempre la misma historia. Me la contó tantas veces que yo me adelantaba con mi suave voz, convirtiendo su relato en un eco grave de mi historia que era la suya. Mi abuelo explicaba una y otra vez cómo se refugiaron en la iglesia de Bale frente  a los insurrectos filipinos, y cómo aguantaron 337 días sin atender a ninguno de los que les pedían su rendición. En su guerra contra el mundo no escucharon ni a los revolucionarios filipinos, ni a los frailes franciscanos, ni a los invasores americanos, ni a las autoridades españolas, ni tampoco asumieron el humillante pacto de París, de diciembre de 1898, que representaba la caída de uno de los últimos bastiones del colonialismo español. Mi abuelo, junto a “los últimos de Filipinas”, eran los últimos soldados del imperio, unos grandes hombres que simbolizaban el final de la grandeza de España. Especialmente orgulloso, mi abuelo recordaba cómo, después de su resistencia numantina, fueron aplaudidos como héroes  en Manila y recibidos y elogiados por el presidente del país, a pesar de que eran sus enemigos.

Además de ese aire de seguridad y dignidad que tienen los héroes, a pesar de la amarga derrota mi abuelo se trajo pocas cosas de Filipinas. A mi abuela le regaló un precioso mantón de Manila y a mí, una preciosa leyenda que me atrapó más que su historia de guapo héroe español. Una leyenda que me acompañó toda mi vida, y que perdura en estos preciosos tilos que tienen encerrado lo más íntimo de mí y lo más profundo de mí entre sus rugosas cortezas cicatrizantes de heridas y su madera moldeable capaz de producir las más bellas esculturas.

Una noche de Navidad, al inicio del solsticio de invierno, cuando la luz derrota a la densa y amenazante oscuridad devolviéndonos al ciclo de la vida, junto al amor de la lumbre, hechizada por el fuego, con la escasa luz del candil iluminando la cara morena de mi abuelo, resaltando sus arrugas de la experiencia y del sufrimiento, mi abuelo me contó, con cierta incredulidad, que en el sudeste asiático, para que nadie descubra los secretos y que los deseos se puedan cumplir, hacen un agujero en un árbol y le  murmuran sus verdades inconfesables y sus esperanzas inalcanzables, tapando el agujero con un poco de barro para que permanezcan eternamente. Desde ese día, yo quería encontrar un árbol, mi árbol, un árbol de larga vida que guardara para siempre mis secretos de niña triste, y esos deseos que, probablemente, nunca se podrían cumplir, pero que me dejarían soñar y seguir viviendo con algunas ilusiones que me permitirían caminar en este duro y difícil trance de la vida.

En aquel tiempo, las escuelas, a pesar de todo, eran para mí un refugio donde intentar olvidarme del entorno e intentar canalizar mi avidez por aprender. Un día, estando sentada en una esquina de las escaleras de la entrada, vi cómo, milagrosamente, alguien había decidido plantar unos diminutos tilos en el patio del colegio, no sé si como símbolo de sabiduría o, como decían en la antigua Grecia, como símbolo sagrado y benefactor para la humanidad. Aquellos árboles eran tan delicados y tan frágiles que parecían necesitar protección, cariño y alguien que les hablara. En ese instante decidí que iba a ser mi árbol, mi tilo, mi árbol de los secretos y de los deseos, el que me acompañaría y protegería toda la vida. Iba a ser mi tilo, íbamos a crecer juntos, a “caminar juntos”. Desde ese día fue  mi aliado y  lo cuidé; no sólo le contaba mis secretos y mis deseos, sino también mis penas, mis tristezas y algunas veces, aunque pocas, mis alegrías. No soportaba a los niños que al principio se aprovechaban de su debilidad, sin saber que algún día sería el más grande, el más fuerte, ese árbol de porte majestuoso e inmortal que nos sobreviviría a todos.

En aquel mundo en el que los sueños estaban prohibidos, no sé si dormida o despierta, tuve un sueño o una alucinación, como si las flores del tilo me hubieran arrastrado hacia ese espacio de fantasía en el que mi tilo, bebiendo el agua pura de nuestros manantiales y con sus raíces ancladas en la profundidad de la tierra, crecía rápido y vigoroso irrumpiendo en la escuela con sus fuertes ramas y sus verdes hojas, entrando por las ventanas, invadiendo los pasillos, las aulas, intentando acabar con la escuela de la regla en los dedos, de la imposición, de la intolerancia, y cambiarla por una escuela del humanismo, del pensamiento, del saber hacer y del saber pensar, del espíritu crítico, del respeto, de la tolerancia y de la solidaridad. Pero de pronto brotaban de mis ojos angustiados unas “lágrimas negras” que hacían surcos en mi rostro; porque este sueño, que empezó a repetirse a menudo, conocía la realidad, la triste realidad y, de pronto, sus ramas se empezaban a secar, las hojas empezaban a caerse y me devolvían a este mundo gris al que nos había llevado la terrible y  fratricida guerra que había arrastrado a mi padre al eterno silencio y a su permanente ausencia.

A pesar de este universo gris, me quedaba mi árbol de los secretos. Después de las clases me sentaba en su regazo; quizás esperando una respuesta o que sus ramas me abrazaran y me envolvieran junto a su cada vez más fuerte tronco para darme el calor que tanto necesitaba.

Quizás, intuyendo lo que iba a ocurrir, mi padre me puso el nombre de Blanca, símbolo de humildad y de paz. Ahora no tengo nombre, ni soy, ni estoy; no soy nada ni nadie, no sé de donde sale esta voz que, a pesar de todo, es mi voz. Me fui una calurosa mañana de un 30 de junio, me pesaba la vida y quizás tantos secretos, tantos deseos y, también, tantos silencios. Desde esta penumbra en la que me encuentro, en esta ausencia de vida, ahora la echo de menos porque, a pesar del dolor y de la tristeza, la vida sólo es una, maravillosa.

Sé que ahora estaréis llenos de curiosidad por encontrar mi agujero, el de mis secretos y mis deseos. Está en uno de los dos tilos, no os diré en cuál para evitar la tentación de que lo busquéis y abráis la puerta de mis susurros. Los secretos no murieron conmigo,  permanecen encerrados en este árbol de la vida. Quizás alguno de ellos todavía pueda cumplirse.  Aunque no pueda confesaros mis secretos y mis deseos, quiero dejaros estos versos de Gerardo Diego que más tarde aprendí, que sí serán eternos, y que llevo escritos en mi piel transparente que se mueve con el viento del tiempo.

 

Tilos de mi niñez.
Cómo salváis el tiempo  la distancia
y estáis aquí otra vez.

Porque tú amas los tilos y la calma
De su flor en tus nervios,
Quiero aprender de ti a domar mi alma,
mis ímpetus soberbios.

Lección de serenada mansedumbre,
De paciencia encendida.
Flores de ti, mi lámpara y mi azumbre,
La razón de mi vida.

El Arenal 17 de agosto de 2016

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